Los Mundos del Cruce por Marina Zrnic©


A veces, cuando me despierto pronto por la mañana un domingo, me pongo los vaqueros y una camiseta morada y voy al mercadillo. La magia consiste en no buscar ningún objeto ya que los objetos suelen tener una energía asustadiza. Los objetos son como los hombres, no se les puede enseñar nunca abiertamente que les deseamos. De esa manera, los objetos nos encuentran a nosotros. 
A mí personalmente siempre me encuentran los objetos adecuados. Con la gente es diferente, con la gente es más difícil. Casi nunca. 
Los domingos en el mercadillo suelen ser especiales, hay millones de objetos esparcidos en un barrio entero. El mercadillo nació en el siglo XVII-XVIII y está en el pleno casco antiguo. Dicen que se llama El Rastro porque antaño era el lugar de las curtidurías, lleno de rastros sangrientos de las reses que arrastraban hasta ahí desde un matadero cercano al río Manzanares. A veces todavía puedo oler la sangre en alguna de las calles estrechas del mercadillo.
Hay pocos sitios tan mágicos como este. Es un sitio de una belleza única donde las paredes tienen su propio idioma que yo no consigo entender, aunque lo puedo oír. Las calles sorprenden con unas esquinas inesperadas y los bares sirven una comida casera grasienta. Hay un eco constante del barullo y del tumulto de la gente y de los objetos, tales como porcelana, libros, joyas, figurinas, teléfonos viejos, chatarra, pinturas, ropa de otras épocas más gloriosas, candelabros y quién sabe qué más...
En el mercadillo no estoy nunca consciente de la gente ni me importa la multitud que se mueve por el laberinto de las calles. Ahí solo escucho el murmullo de los objetos, el tilín de su energía.
En una de esas calles reventadas y amarillas, con la fachada en ruinas, se encuentra una placa cerámica vieja. La placa tiene un dibujo de una vaca lechera y debajo pone: El Cruce. Es la única tienda que tiene una energía naranja y se encuentra justo en el cruce de dos calles, debajo del dibujo de la vaca lechera. Al lado de la tienda, todavía se puede captar a través de unas décadas de polvo y suciedad: "Leche Pura para Niños y Enfermos." 
Al entrar en El Cruce vi a una mujer en la esquina de la tienda húmeda y fría, sentada en una de esas mesas árabes que vi en el Norte de África. La mujer tenía un pelo muy largo y rizado. Era de una constitución pequeña, muy baja y nada rechoncha. Sus ojos eran vivos y oscuros, pero su energía totalmente quieta y sólida.
La tienda era un desastre total. Realmente no podía entender qué es lo que ella realmente ofrecía para la venta. En el suelo había trozos de platos, tazas, porcelana, cucharas de plata viejas, libros amontonados en las estanterías más viejas que la madre naturaleza, teteras rusas y algunos objetos que no sabía identificar.
-¿Cómo te puedo ayudar?-
-A mí nadie me puede ayudar.-
-Cierto es, nadie puede ayudar a nadie. Pues ahí tienes libros muy valiosos del siglo XV, XVI, XVII. Son libros de la historia, de la muerte, manuscritos filosóficos, en total, pues, hay de todo.
Me acerqué y ojeé unos cuantos libros. Me di cuenta que realmente eran valiosos, que a lo mismo cada unos de esos libros valía más que toda la tienda. Le miré con el asombro, pero ella ya me miraba fijamente y estuvo en el centro de un cruce dibujado en el suelo.
-Ven, sé qué quieres. Quieres ver y saber.-
De repente me sentía débil y me arrastré hasta el cruce. Me arrastré aunque tenía muchas ganas de ver y saber. Ella me cogió de las manos y me dijo que me sentase encima del cruce. 
El cruce normalmente es un cruce entre los mundos, un camino hacia allá y hay mujeres que saben usarlo impecablemente. 
En mi mente volé y floté encima de una tierra escarchada, floté ligeramente, sin dificultades. No sé cuánto tiempo me estuve moviendo así, ni podría explicar cómo lo hacía, ya que durante todo ese tiempo, yo estaba totalmente consciente que no estaba dormida y sabía lo que ocurría. El cruce me daba un poder que yo nunca había sentido ni percibido y el aire era más denso que en nuestro mundo. Era más de color, se podía ver con los ojos. 
Aterricé en una casa destrozada, fría y miserable. Los muebles, los suelos y la energía entera estaba empapada y húmeda. Había mucha gente en esa casa, había niños pequeños, hombres, abuelos. Había mujeres con trenzas largas, niñas en unos vestidos anticuados. También había libros en el suelo.
Me parece haberme sentado, sin decir nada. La gente tampoco me dirigió ninguna palabra, pero me miraban fijamente, densamente. Eran densos como todo en aquel mundo. Los niños se acercaban a veces, mudos y me miraban en la cara u observaban mis manos. Supongo que era por las joyas, ya que ninguno de ellos las tenía.
Los libros eran mágicos, parecían tan nuevos y tan antiguos a la vez, cosidos, con portadas de cuero, con miniaturas dibujadas en las portadas. Estaban escritos en latín y en hebreo. Alguno en arameo, por lo menos me pareció que era arameo.
Uno de los abuelos me acercó un libro diminuto, escrito en cirílico. No me dio tiempo a ver qué libro era. En un instante, me di cuenta que todos ellos estaban muertos y que toda esa casa era una casa de muertos. Eso sí, llena de libros. Y en ese mismo instante, me di cuenta que yo veía, que lo podía y que me desarrollaba y me desenvolvía en un mundo denso y de colores, más allá del Cruce.
Abrí los ojos y solo podía ver un techo con una lámpara pálida. Me senté y vi a la mujer de la tienda del Cruce. Estaba en el suelo de la tienda.
-Veo que traes un libro.-
En mi mano se encontraba el libro diminuto que me acercó el abuelo. Era un libro enanísimo, de una letra densísima y pequeñísima, en cirílico. En la portada conseguí leer: "Los Mundos del Cruce".
-Estaban muertos.-
-Cierto es, esa casa está llena de muertos,- respondió.
Miré los libros de la estantería.
-Ellos te los dan.-
-Solo si quieren y cuándo quieren. Vendo solo algunos. Lo demás está detrás, en mi casa.-
-¿No hablan?-
-Solo si quieren y cuando quieren.-
Me levanté del cruce.
 
  "Qué el otro mundo esté siempre a un paso,
  qué el otro mundo esté siempre a un paso,
  qué el otro mundo esté siempre a un paso.
  ¡Fiat!"
 
Ella me miró densamente. Ahora las dos sabíamos viajar.

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