A
veces, cuando me despierto pronto por la mañana un domingo, me pongo los
vaqueros y una camiseta morada y voy al mercadillo. La magia consiste en no
buscar ningún objeto ya que los objetos suelen tener una energía asustadiza.
Los objetos son como los hombres, no se les puede enseñar nunca abiertamente
que les deseamos. De esa manera, los objetos nos encuentran a nosotros.
A mí
personalmente siempre me encuentran los objetos adecuados. Con la gente es
diferente, con la gente es más difícil. Casi nunca.
Los
domingos en el mercadillo suelen ser especiales, hay millones de objetos
esparcidos en un barrio entero. El mercadillo nació en el siglo XVII-XVIII y
está en el pleno casco antiguo. Dicen que se llama El Rastro porque antaño era
el lugar de las curtidurías, lleno de rastros sangrientos de las reses que
arrastraban hasta ahí desde un matadero cercano al río Manzanares. A veces
todavía puedo oler la sangre en alguna de las calles estrechas del mercadillo.
Hay
pocos sitios tan mágicos como este. Es un sitio de una belleza única donde las
paredes tienen su propio idioma que yo no consigo entender, aunque lo puedo
oír. Las calles sorprenden con unas esquinas inesperadas y los bares sirven una
comida casera grasienta. Hay un eco constante del barullo y del tumulto de la
gente y de los objetos, tales como porcelana, libros, joyas, figurinas,
teléfonos viejos, chatarra, pinturas, ropa de otras épocas más gloriosas,
candelabros y quién sabe qué más...
En el
mercadillo no estoy nunca consciente de la gente ni me importa la multitud que
se mueve por el laberinto de las calles. Ahí solo escucho el murmullo de los
objetos, el tilín de su energía.
En una
de esas calles reventadas y amarillas, con la fachada en ruinas, se encuentra una placa
cerámica vieja. La placa tiene un dibujo de una vaca lechera y debajo pone: El Cruce. Es la
única tienda que tiene una energía naranja y se encuentra justo en el cruce de
dos calles, debajo del dibujo de la vaca lechera. Al lado de la tienda, todavía
se puede captar a través de unas décadas de polvo y suciedad: "Leche Pura
para Niños y Enfermos."
Al
entrar en El Cruce vi a una mujer en la esquina de la tienda húmeda y fría,
sentada en una de esas mesas árabes que vi en el Norte de África. La mujer
tenía un pelo muy largo y rizado. Era de una constitución pequeña, muy baja y
nada rechoncha. Sus ojos eran vivos y oscuros, pero su energía totalmente
quieta y sólida.
La
tienda era un desastre total. Realmente no podía entender qué es lo que ella
realmente ofrecía para la venta. En el suelo había trozos de platos,
tazas, porcelana, cucharas de plata viejas, libros amontonados en las
estanterías más viejas que la madre naturaleza, teteras rusas y algunos objetos
que no sabía identificar.
-¿Cómo
te puedo ayudar?-
-A mí
nadie me puede ayudar.-
-Cierto
es, nadie puede ayudar a nadie. Pues ahí tienes libros muy valiosos del siglo
XV, XVI, XVII. Son libros de la historia, de la muerte, manuscritos filosóficos,
en total, pues, hay de todo.
Me
acerqué y ojeé unos cuantos libros. Me di cuenta que realmente eran valiosos,
que a lo mismo cada unos de esos libros valía más que toda la tienda. Le miré
con el asombro, pero ella ya me miraba fijamente y estuvo en el centro de un
cruce dibujado en el suelo.
-Ven,
sé qué quieres. Quieres ver y saber.-
De
repente me sentía débil y me arrastré hasta el cruce. Me arrastré aunque tenía
muchas ganas de ver y saber. Ella me cogió de las manos y me dijo que me
sentase encima del cruce.
El
cruce normalmente es un cruce entre los mundos, un camino hacia allá y hay
mujeres que saben usarlo impecablemente.
En mi
mente volé y floté encima de una tierra escarchada, floté ligeramente, sin
dificultades. No sé cuánto tiempo me estuve moviendo así, ni podría explicar
cómo lo hacía, ya que durante todo ese tiempo, yo estaba totalmente consciente
que no estaba dormida y sabía lo que ocurría. El cruce me daba un poder que yo
nunca había sentido ni percibido y el aire era más denso que en nuestro mundo.
Era más de color, se podía ver con los ojos.
Aterricé
en una casa destrozada, fría y miserable. Los muebles, los suelos y la energía
entera estaba empapada y húmeda. Había mucha gente en esa casa, había niños
pequeños, hombres, abuelos. Había mujeres con trenzas largas, niñas en unos
vestidos anticuados. También había libros en el suelo.
Me
parece haberme sentado, sin decir nada. La gente tampoco me dirigió ninguna
palabra, pero me miraban fijamente, densamente. Eran densos como todo en aquel
mundo. Los niños se acercaban a veces, mudos y me miraban en la cara u observaban
mis manos. Supongo que era por las joyas, ya que ninguno de ellos las tenía.
Los
libros eran mágicos, parecían tan nuevos y tan antiguos a la vez, cosidos, con
portadas de cuero, con miniaturas dibujadas en las portadas. Estaban escritos
en latín y en hebreo. Alguno en arameo, por lo menos me pareció que era arameo.
Uno de
los abuelos me acercó un libro diminuto, escrito en cirílico. No me dio tiempo
a ver qué libro era. En un instante, me di cuenta que todos ellos estaban
muertos y que toda esa casa era una casa de muertos. Eso sí, llena de libros. Y
en ese mismo instante, me di cuenta que yo veía, que lo podía y que me
desarrollaba y me desenvolvía en un mundo denso y de colores, más allá del
Cruce.
Abrí
los ojos y solo podía ver un techo con una lámpara pálida. Me senté y vi a la
mujer de la tienda del Cruce. Estaba en el suelo de la tienda.
-Veo
que traes un libro.-
En mi
mano se encontraba el libro diminuto que me acercó el abuelo. Era un libro
enanísimo, de una letra densísima y pequeñísima, en cirílico. En la portada
conseguí leer: "Los Mundos del Cruce".
-Estaban
muertos.-
-Cierto
es, esa casa está llena de muertos,- respondió.
Miré
los libros de la estantería.
-Ellos
te los dan.-
-Solo
si quieren y cuándo quieren. Vendo solo algunos. Lo demás está detrás, en mi
casa.-
-¿No
hablan?-
-Solo
si quieren y cuando quieren.-
Me
levanté del cruce.
"Qué el otro mundo esté siempre a un paso,
qué el otro mundo esté siempre a un paso,
qué el otro mundo esté siempre a un paso.
¡Fiat!"
Ella me
miró densamente. Ahora las dos sabíamos viajar.

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