Cuando una serpiente le mira fijamente, el pájaro levanta un poco la cabeza y luego se queda ciego, ciego por completo; tan ciego que ya no puede ver los tejados de las casas cercanas, ni los árboles que rodean su propio árbol, ni los caminos que, subiendo y bajando las montañas, atraviesan los campos de hierba verde y acaban perdiéndose en la lejanía. Al igual que ocurre con los pañuelos del mago de barraca, en un instante todo está presente, todo es real: los colores, el movimiento, la luz. En el siguiente, en cambio, ya no hay nada, la oscuridad más completa se ha adueñado del escenario. El pájaro se pone entonces a pensar, y piensa que se le ha hecho de noche y que allí arriba, en lo más negro del cielo, hay una estrella que le deslumbra como ninguna antes lo había hecho. No repara en la serpiente, ni en la hipnosis de la que es víctima; no repara en la verdadera causa de la ceguera.
Poco después, aún ciego, aún deslumbrado por el brillo de lo que él toma por una estrella, el pájaro siente deseos de bailar y abre sus alas, retuerce el cuello, da saltos sobre el inestable tablado hecho de ramillas y de hojas. Pero no hay armonía en sus movimientos, y cada paso que da lo deja más cerca de la estrella, más cerca de la boca de la serpiente. Su baile no es sino el torpe baile de la muerte.
La escena es cruel y, sin embargo, no hay ninguna maldad en ella. Ni siquiera la serpiente tiene culpa alguna de lo que sucede. Se trata, simplemente, de la ley, de una ley que, siendo más antigua que los ríos y las montañas, debe ser obedecida por todos los que viven bajo la capa del cielo.
—Debes comer —le dice la ley a la serpiente—, debes dar caza a los jilgueros, petirrojos y demás seres de su especie. De lo contrario, morirás.
—Debes comer —le dice la ley al pájaro—. Debes dar caza a los gusanos, hormigas y demás seres de su especie. De lo contrario, morirás.
Así las cosas, cuando la serpiente mira al pájaro nada extraordinario sucede. La hipnosis y todo lo que le sigue —la ceguera, el baile, la muerte— son únicamente particularidades de la caza, detalles nimios de un episodio igualmente nimio de la lucha por la supervivencia. Los campesinos o los paseantes solitarios que acostumbran a andar por los caminos ven esa clase de escenas a menudo y no se sorprenden. Se detienen ante ellas, las contemplan un rato y luego, indiferentes, continúan adelante.
Pero el caso de Sebastián era diferente. No pertenecía al mundo campesino y tampoco tenía, a sus trece años, costumbre alguna de pasear solo por los caminos. Había pasado toda su vida en la ciudad y no llevaba sino tres días de vacaciones en los montes del pueblo de Obaba. Cuando reparó en el manzano, y cuando se dio cuenta del pájaro que andaba aturdido entre los frutos del árbol, se le encogió el corazón. Se quedó perplejo.
—¿Qué le pasa a ese pájaro, abuelo Martín?
El abuelo era muy viejo, demasiado viejo al menos como para andar con la menguada fuerza de sus piernas, y le respondió desde las alturas de Fangio, el burro que le transportaba de un sitio a otro.
—¡Corre! ¡Tírale una piedra!
Sebastián no cumplió al momento la orden del abuelo. Sentía hacia el pájaro ese afecto natural que todos los jóvenes tienen para con los animales y se quedó con la piedra en la mano, sin decidirse a tirarla. Además, no se fiaba mucho de aquel abuelo Martín al que había conocido tres días antes, al llegar a Obaba. Según su padre, no andaba bien de la cabeza.
—La sangre no le riega bien el cerebro —decía su padre cada vez que la sobremesa se deslizaba hacia los vaivenes de la familia materna de Obaba.
Y cuando la madre salía en defensa del abuelo Martín, él aducía siempre el mismo argumento:
—¡Es la verdad, mujer! Tu padre no anda bien de la cabeza. Si no, cómo explicas tú esa manía suya de ir a Terranova.
—Todos tenemos nuestros sueños —suspiraba la madre.
—¡Pero no unos sueños tan locos! —se enfadaba el padre—. ¡Ir a Terranova, y con los años que tiene!
De esta clase era la información que el joven Sebastián tenía sobre el abuelo Martín, y por eso vacilaba ante su orden de emprenderla a pedradas con el pájaro. Además, empezaba a sentirse cansado: desde su llegada al pueblo no había hecho más que andar de un lado para otro, siempre detrás de la montura del abuelo. Añoraba ya el modo de vida que había dejado en la ciudad. En la ciudad se pasaba las vacaciones durmiendo; allí nadie le obligaba —tal como lo hacía su tía de Obaba— a levantarse a las nueve de la mañana.
Observando el sol, calculó que tenían que ser las seis de la tarde. De haberse quedado en la ciudad, habría estado en el cine o medio tumbado en el sofá de su casa.
—¡Que tires la piedra!
El abuelo era muy flaco, y un cuello todavía más flaco le unía la cabeza y el tronco. El cuello estaba ahora en tensión, y las venas se hinchaban bajo los pelos blancos de la barba mal afeitada.
Sebastián dio un par de pasos adelante y el abuelo se irguió por encima de las orejas de Fangio. Cuando la piedra, tras describir una parábola, dio en una hoja cercana al pájaro, el abuelo empezó a aplaudir.
—¡Fuera, pájaro! ¡Fuera de ahí enseguida!
—No le he dado —dijo Sebastián.
—¿Darle? ¡Y qué falta hacía darle! ¡Mira el pájaro!
Era un petirrojo y ya no estaba entre las ramas del manzano, sino en la alta copa de un nogal. Lanzaba desde allí una larga mirada al mundo y veía de nuevo todo lo que instantes antes, cuando la noche repentina, había desaparecido. Allí estaban los tejados, allí estaban la hierba verde y los caminos; allí, también, Sebastián, el abuelo Martín y el burro Fangio. La brillante estrella que le cegaba parecía haberse apagado para siempre.
—¡La serpiente le tenía hechizado!
—¿La serpiente? ¿Qué serpiente? —se asombró Sebastián.
—Una que debe de vivir en el manzanal. De no habernos dado prisa, habría cazado al pájaro.
Sebastián iba a preguntar acerca de lo sucedido con su pedrada, pero el abuelo se adelantó:
—Tu piedra ha chocado con las hojas del árbol, y eso ha bastado para que la serpiente, que es un animal que se despista con cualquier ruido, apartara la vista del petirrojo. ¡Por eso se ha salvado!
Pese a las explicaciones, Sebastián no entendía bien lo que había pasado. ¿Y si le hubiera dado al pájaro? ¿Qué habría sucedido entonces? ¿Cómo sabía el abuelo que no iba a acertar con la piedra? Pero el abuelo no podía adivinar sus pensamientos. Se había desentendido de él. Tenía la mirada puesta en el nogal y daba silbidos.
—Aquí viene el petirrojo —dijo.
El pájaro voló primero hacia el cielo y luego, cambiando repentinamente de dirección, bajó como una exhalación hasta posarse en el hombro derecho del abuelo Martín. A continuación, y durante varios minutos, los dos mantuvieron lo que Sebastián, bastante asombrado, tomó por una conversación.
—¿Qué estáis haciendo? —acertó a decir. Pero ni el abuelo ni el petirrojo le contestaron. Siguieron con sus silbidos y sus bisbiseos, charlando como dos viejos amigos.
—¡Quita de ahí, más que cuentista! ¡Menudo diplomático estás hecho! —dijo el abuelo riéndose, con el tono de quien se defiende de una alabanza. Poco después, los dos se despedían, y el pájaro saltaba hasta la cabeza de Fangio y de allí al aire.
La escena que tenía a Sebastián con la boca abierta había concluido.
—Y tú, ¿qué haces aquí? —le preguntó de pronto el abuelo frunciendo la frente. Le miraba como a un extraño.
—¿Yo?
—Sí, tú.
Sebastián se asustó un poco. Cada vez se sentía más perdido.
—La tía me ha pedido que te acompañe, y por eso estoy aquí —razonó al fin.
—Ah, ¿sí? Pues, ¿quién eres tú?
Desde las alturas de Fangio, el abuelo le examinaba con gesto muy serio.
—Soy tu nieto, el de la ciudad —explicó.
El abuelo se quedó inmerso en profundas reflexiones y Sebastián volvió a acordarse de la opinión de su padre. Quizá fuera verdad aquello de que la sangre no le regaba bien el cerebro.
—¡Ah, sí! —rio de pronto el abuelo—. Tú eres el nieto que ha venido a pasar las vacaciones.
—¡Eso es!
—¡Bien! ¡Bien! Perdona, Sebastián, a veces se me olvidan las cosas.
—No te preocupes, abuelo Martín. ¿Qué haremos ahora?
—Tienes ganas de ir a casa, ¿verdad? —Pues no sé, abuelo.
La verdad era que ya se le habían pasado todo el cansancio y el aburrimiento anteriores, y que lo único que sentía era curiosidad. Quería enterarse de lo que había ocurrido con el pájaro.
—¿Qué hacías con el petirrojo? A mí me ha parecido que los dos estabais hablando —preguntó.
—¿El petirrojo? ¿Qué petirrojo…? ¡Ah, sí, el petirrojo!
El abuelo miró hacia el árbol donde el pájaro había andado bailando, y el gesto de quien se acuerda de algo que había olvidado se dibujó en su cara.
—Enseguida iremos a casa, nieto, pero antes tengo que hacer una cosa. Espérame aquí.
Arreó el burro y se adentró en el manzanal. De allí a poco rato, gritaba de un modo que le palpitaban todas las venas del cuello. A Sebastián solo le llegaban frases sueltas.
—¡Lo tuyo es glotonería! ¡Glotonería y no hambre!
El abuelo parecía francamente enfadado y sacudía amenazador el palo que normalmente usaba para dirigir la marcha de Fangio. Pero ¿a quién iban dirigidas sus palabras? ¿A quién reñía? Sebastián recorría con la vista el manzanal y no veía a nadie en especial.
«Quizá le esté gritando a la serpiente», pensó al tiempo que se acercaba hacia donde se encontraba el abuelo. Estaba a unos cinco pasos cuando de pronto la vio. Efectivamente, se trataba de la serpiente. Allí estaba, erguida sobre la hierba y con la cabeza gacha. Parecía un bastón verdoso plantado en la tierra.
—¡Y ahora me dices que sientes mucha pena! —oyó decir al abuelo.
Las preguntas se le iban amontonando en la cabeza. ¿Acaso era verdad lo que estaba viendo? ¿Cómo era posible que la serpiente se humillara ante el abuelo? ¿Qué clase de trato mantenía el abuelo con los animales? Estaba así pensando cuando de pronto, y por segunda vez en aquella tarde, se encontró con la mirada aguda del abuelo.
—Y tú, ¿qué haces aquí? —le preguntó.
Sebastián improvisó una teoría acerca de lo que sucedía: cada vez que el abuelo Martín hablaba con los animales, olvidaba por completo a las personas. Y cuando hablaba con las personas, en cambio, eran los animales los que se le iban de la cabeza.
—¿Otra vez te lo tengo que decir? Yo soy Sebastián, el nieto que ha venido a pasar las vacaciones.
—¡No me digas! —El abuelo estaba verdaderamente asombrado.
—¡Pues claro que sí!
Poco a poco, la luz se iba haciendo en la memoria del abuelo.
—El de la ciudad, ¿no? —¡Sí, abuelo, sí!
—¡Bien! ¡Bien! Y me dices que sientes mucha pena, ¿no?
Sebastián tuvo ganas de responder que no, que era la serpiente la que sentía mucha pena, no él; pero le pareció más prudente callarse. Aquella conversación le resultaba un tanto extravagante.
—¡Vamos al pueblo! —se animó el abuelo—. Cuando se siente mucha pena el mejor remedio es el bar.
Eran las siete de la tarde cuando los dos se pusieron de camino. Las sombras ya habían comenzado la conquista que de allí a unas pocas horas, con la llegada de la noche, sería total. El río era una cinta oscura, y la silueta de los montes parecía dibujada con tinta china y a plumilla, detalle a detalle, sin olvidar el árbol o la roca que de vez en cuando sobresalían de la línea del horizonte. Y el azul del cielo que seguía a aquella silueta tampoco tenía la claridad que Sebastián había observado al salir de paseo.
Era una hora apacible y silenciosa, solo perturbada por el chillido de las golondrinas o el ladrido de los perros. Montado sobre Fangio, el abuelo Martín parecía contento de haber vivido lo suficiente como para disfrutar de aquel día, y canturreaba una de esas monótonas canciones que sirven para entretener a los viajeros: Lily Marlen Marlen, Lily Lily Marlen.
El único preocupado era Sebastián. Caminaba por las orillas del camino, como buscando fresas, y aparentaba no estarlo; pero no podía quitarse de la cabeza las conversaciones que el abuelo Martín había sostenido primero con el pájaro y luego con la serpiente. Además, había advertido un nuevo detalle que confirmaba sus sospechas: al pasar por delante de las casas, los perros que las cuidaban, y que solían estar encadenados, dejaban de ladrar y —como siempre que reconocen a alguien— comenzaban a sacudir el rabo.
«Todos los perros le quieren», pensaba Sebastián.
Llegaron a la plaza del pueblo media hora más tarde, cuando ya todas las luces del bar estaban encendidas. Mientras ayudaba al abuelo a bajarse del burro, Sebastián tuvo un pensamiento sombrío: ¿Cómo podía estar vivo un hombre que pesaba tan poco? Aquel cuerpo viejo y enjuto daba la impresión de ser de papel. Sin embargo, el abuelo reía tranquilo y su aprensión no tardó en desaparecer.
—¡Vamos, nieto! ¡Vamos a quitar las penas! —le dijo dándole una palmada en la espalda.
En el mostrador de la taberna había diez hombres en fila y otros cuatro más jugaban a cartas en una de las mesas de mármol. Cuando él y su abuelo cruzaron la puerta, todos se les quedaron mirando.
—¿Quién es este forastero? —preguntaban aquellas miradas.
Ante aquel inesperado interés, Sebastián se sintió importante y pensó que toda aquella gente le admiraba por ser de ciudad y por haber visto cosas que ellos solo conocían de oídas, cosas como el cine, el zoológico y los autobuses numerados. Levantó, pues, la cabeza y llegó hasta el otro extremo del mostrador caminando con lentitud y moviéndose de una manera que a él le pareció muy elegante. Además, no quería que nadie notara que aquella era, justamente, la primera vez que entraba en un bar.
—¡Sácale vino! —dijo el abuelo.
—¿Vino? —le preguntó la mujer de atrás del mostrador.
—¡Para quitar las penas, señora, para quitar las penas! —explicó el abuelo.
—¿Las penas? ¡Y qué penas va a tener un chico tan joven! —se asombró la mujer.
—Saque el vino —cortó Sebastián.
Sebastián se sentía misterioso o, al menos, quería serlo. O, para decirlo en otras palabras, sentía la tentación de cualquiera que va a parar a un lugar desconocido, la de estrenar una personalidad completamente nueva. Bebió el primer vaso de vino de un solo trago.
—Muy bien, nieto, muy bien —le dijo el abuelo palmeándole la espalda—. Señora, deje aquí la botella —añadió dirigiéndose a la mujer del mostrador.
—¿La botella entera?
Sebastián le cogió rabia a aquella mujer que no sabía más que repetir lo que decía el abuelo. Se sentía cada vez más importante. Las miradas de todos los hombres del bar estaban clavadas en él. Cogió la botella y llenó su vaso hasta arriba.
—¡Bien, Sebastián! ¡A quitar las penas!
Después de beber por tercera vez, Sebastián giró la cabeza y miró de frente a sus compañeros de mostrador. Notó simpatía en sus caras. Para entonces se sentía como un hombre más: ya no tenía trece años, sino una edad indefinida entre los veinte y los treinta. Empezó a beber el cuarto vaso.
—Entonces, ¿este es tu nieto de la ciudad? —dijo la mujer.
—Así es —respondió el abuelo.
La mirada de Sebastián fue hasta el lugar de donde llegaba aquella voz. La mujer lavaba los vasos bajo el grifo. Cada vez que enjuagaba uno de ellos los músculos de los brazos se le columpiaban blandamente.
—Está hecho todo un hombre el nieto, abuelo Martín —dijo la mujer, y sus labios se movieron como si fueran mariposas.
Sebastián le sonrió. Advertía en ella una cara nueva, no exenta de belleza. Sí, aquella mujer había sido una chica bonita; en un tiempo, antes de pasar años y años en el mostrador del bar.
Sebastián sentía en la boca el sabor áspero del vino, pero esa acidez no le afectaba. Al contrario, cada vez se sentía más feliz. A su lado, el abuelo cantaba alegremente — Lily Marlen Marlen, Lily Lily Marlen—; los demás clientes del bar le hablaban con toda confianza; la mujer —aquella chica bonita en otro tiempo— se movía con ligereza detrás del mostrador y multiplicaba su sonrisa siempre que pasaba por delante de él.
—El abuelo Martín sabe hablar con los animales.
Lo dijo de golpe, sin que viniera a cuento. Le pareció que aquellas palabras habían subido a su boca como un hipo y que luego habían estallado ahí como burbujas.
Se arrepintió en el momento mismo de hablar. Los hombres del mostrador le miraban ahora como a un traidor, como a un visitante que ha dicho una inconveniencia. El abuelo había dejado de cantar. La mujer seguía sonriéndole, pero la sonrisa de ahora expresaba algo como compasión o pena. Un gordinflón que estaba jugando a las cartas rompió el silencio con una risotada:
—Con los animales como yo, sí… ¡Conmigo habla muy bien!
Toda la taberna reía a carcajadas. También la mujer se reía, mostrando a todos una muela de oro. Sebastián ya no se sentía mayor. Al contrario, se veía a sí mismo como un niño de seis años.
—Es la verdad, el abuelo…
Sebastián quería expresarlo todo de una vez: la conversación que el abuelo había tenido con el petirrojo, la reprimenda que luego le había dado a la serpiente, el respeto y el cariño que le habían mostrado los perros del camino. Quería expresar eso y mil cosas más. Pero la explicación le parecía muy complicada. Y además, tenía la lengua trabada, casi no la podía mover.
—Llévalo a casa, Martín —dijo la mujer.
Sin pararse a esperar la contestación del abuelo, uno de los hombres del mostrador acudió donde ellos y les ayudó a bajar de sus asientos. Poco después, montados los dos en Fangio, salían hacia la casa de la tía.
La tía de Sebastián tenía, de nacimiento, una pierna más corta que la otra, y esa era la causa de que se le apreciara una leve cojera; sobre todo, cuando caminaba de prisa. Sin embargo —así lo decía el padre de Sebastián—, lo de menos era la cojera, lo peor era la obsesión que aquella mujer tenía con la cojera. Sebastián se acordó de ello cuando vio a la tía bajar corriendo por las escaleras.
—¡Tía! ¡No tiene que importarte la cojera!
Pero la tía no hizo el menor caso de aquellas palabras de consuelo. Fue derecha adonde el abuelo.
—¿Se puede saber en qué anda? ¡Ha emborrachado al niño!
El abuelo agachó tanto la cabeza que su mentón quedó como pegado al pecho. Y allí seguía cuando el tío retomó, aumentándolos, los reproches de la tía. Sentado en una de las sillas de la cocina, completamente mudo, parecía un andrajo abandonado allí de cualquier manera.
Sebastián no comprendía lo que sucedía a su alrededor, pero percibía con toda claridad la violencia de la situación. La tía hablaba jadeante, el tío hacía muecas. Le pareció que el abuelo necesitaba de su defensa.
—¡El abuelo sabe hablar con los animales! —gritó.
—¡Ay, infeliz! —lloró la tía.
—¡Martín, no es usted capaz ni de cuidar a los niños! —chillaba el tío—. ¡Ya ve la que tenemos armada ahora!
—¡Señor! ¡Señor! —suspiraba la tía—. ¡Si se entera mi hermana!
—Pero si es verdad —se esforzó Sebastián—. El abuelo sabe hablar con los animales.
Sentía la voz lejos, como si no fuera suya. —Hay que llevar a este niño a la cama —decidió el tío.
El abuelo levantó al fin la cabeza y dirigió los ojos hacia la gitana del calendario que colgaba en la cocina. Pero la mirada no llegó hasta la pintura; se perdió antes, en un punto indefinido de la pared.
—¡Estad tranquilos! ¡Pronto me iré a Terranova y os dejaré en paz!
—¡Padre! ¡No empiece otra vez con esa historia de Terranova!
—¡Me iré pronto, sí!
—¿Sabe usted adónde va a ir? ¡Pues, a la cama!
Cuando Sebastián le echó una última mirada, los labios del abuelo se movían como si rezara. Solo captó una palabra:Terranova.
Aquel día se acabaron los paseos que daban los dos juntos. De allí en adelante Sebastián tuvo que salir solo a la plaza de Obaba.
El sol arrogante de agosto dominaba todo el cielo, y la gente, huyendo del calor y buscando la penumbra, se refugiaba en las habitaciones interiores de las casas. Nadie se atrevía a asomarse a las ventanas ni a salir a la calle, y Obaba parecía un desierto; o mejor dicho, habría parecido un desierto de no ser por los dos tipos de seres vivientes capaces de resistir fuera de casa: los gatos y los jóvenes. Los primeros aprovechaban casi hasta el milímetro los retazos de sombra y se pasaban las horas durmiendo; los segundos, más caprichosos, mitigaban los rigores meteorológicos bebiendo shandys—limonada fría mezclada con cerveza—, bajo el toldo blanquiazul de la terraza del bar de la plaza.
También a Sebastián le resultó inevitable llegar a aquel refugio de la terraza: los pretiles de la plaza abrasaban y los plátanos que rodeaban la plaza resultaban, a pesar de sus anchas hojas, impotentes para frenar el sol. Solo se podía estar bajo el toldo blanquiazul.
«Tendré que mezclarme con ellos», pensó Sebastián un día, mirando a los chicos y chicas de la terraza. Le daba un poco de vergüenza sentarse entre desconocidos, pero no había otro remedio. O aquello, o quedarse en casa de los tíos. Así que se acercó al numeroso grupo reunido allí y pidió de beber. Un shandy, naturalmente.
Al llegar el atardecer, cuando bajaba la temperatura, aquellos chicos y chicas salían a la plaza e iniciaban un juego que llamaban ble.
Se formaban dos equipos, y cada uno de ellos ocupaba un pretil de la plaza. El juego duraba hasta que todos los de un pretil conseguían pasar al del contrario; empresa nada fácil, por cierto, ya que quien dejaba su campo e intentaba pasar al otro lado se arriesgaba a que un contrario, a la voz de ¡ble!, lo tocara con los dedos y lo tomara preso.
Nunca invitaban a Sebastián a jugar, y se pasaba las tardes solo, sin más compañía que aquellos shandys hechos de limonada y cerveza. Pese a ello, no se movía de su mesa, no abandonaba la sombra de aquel toldo blanquiazul para irse de paseo o a charlar con el abuelo Martín. En realidad, ya no se acordaba del anciano que, según le había parecido, sabía hablar con los animales. Centraba toda su atención en las evoluciones de los chicos y chicas que jugaban en la plaza, y todo lo demás le resultaba secundario.
Mas para comprender este comportamiento de Sebastián, es preciso adelantar unas palabras acerca del más fuerte e influyente de los sentimientos: el amor.
Cuando un hombre o una mujer cumple los catorce años, o quizás un poco antes, o un poco más tarde, sorprende en sí mismo un cambio extraordinario. Hasta entonces apenas si se ha dado cuenta de que tiene un nombre —que se llama Juan Garmendia, o Alfredo Britz, o Ainhoa López—; o bien sí ha caído en ello, pero sin advertir la diferencia que, con respecto a todos los demás, señala ese nombre suyo. En realidad, prefiere vivir de un modo indistinto, prefiere confundirse lo más posible con todos los de su entorno, y sufre mucho si sus compañeros de la escuela lo dejan solo o si no encuentra un sitio en una de las pandillas del pueblo o del barrio.
Pero llega un momento en que los deseos de esa persona de catorce años dan un giro de ciento ochenta grados. De pronto toma conciencia de su nombre, de que es particular y diferente a todos, e inmediatamente comienza a buscar una forma especial de escribirlo. Buscar la firma —la marca propia, podríamos decir— se convierte en el quehacer principal de su vida. La firma puede tener cualquier forma, siempre que no guarde ningún parecido con las demás firmas del mundo. Ha de ser tan única como la persona que la realiza.
Una vez hallada la firma, el hombre o la mujer de catorce años se siente como Robinson Crusoe y, cuando se interroga acerca del mundo, no tiene otro remedio que responderse diciendo que se trata de una isla desierta. Sí, el mundo es una isla desierta, y él —ella— debe organizado todo: lo fácil y lo difícil, lo que le afecta directamente y lo que no le afecta tanto. Y esto por la pura gracia de sus fuerzas, sin ayuda de nadie. Empujada —empujado— por esa clase de consideraciones, comienza a hacer proyectos y a escribir en un diario sus planes para el futuro.
Pero a pesar de todo, el mundo no es una isla desierta, y los deseos de apartarse de los demás son solo una ilusión, una temblorosa ilusión que no tarda en apagarse. Al fin y al cabo, no hemos nacido para la soledad; al fin y al cabo, todos nos parecemos bastante. Esa es la razón por la que, algunos meses después de encontrada la firma, el hombre o la mujer de catorce años se aburre de ser Robinson Crusoe y se enamora.
Un buen día, conoce a una chica o a un chico y comienza a sentir lo que la mayoría de las madres llaman cosas raras. Siente, por ejemplo, que una botella de vino se ha roto en su interior y que la calidez de ese vino recorre todo su cuerpo, de arriba abajo y de abajo arriba. O siente que su percepción de los olores ha cambiado, que ahora huele a hierbas y flores que jamás ha visto. Y que lo mismo pasa con los colores, que tampoco los colores son los que veía antes; ahora ve más naranjas, más azules, más oros y platas.
El hombre o la mujer de catorce años comprende entonces, aunque no se lo diga nadie, que se ha enamorado; que por fin se ha apoderado de él ese primo amore del que tanto hablan las canciones napolitanas.
Sebastián sentía una mezcla de todas esas sensaciones desde el día en que le miró una chica larguirucha que solía jugar en la plaza. De pronto tuvo otro cuerpo, otros ojos, otra nariz. Otra nariz, sobre todo. Una nariz que era especialmente sensible al olor amargo de las hojas del tomate. Sentía aquel olor a todas horas, tanto debajo del toldo blanquiazul como cuando —a la hora de acostarse— se tumbaba en la cama.
Sebastián pasaba la tarde entera con su shandy en la mano y sin levantarse de su silla de mimbre, sin otra actividad que la de contar las miradas que le dirigía aquella chica. Las miradas quedaban luego registradas en su cuaderno de notas.
9 de agosto: Hoy me ha mirado trece veces.
13 de agosto: Hoy solo cuatro veces. Creo que sus ojos son una mezcla de gris y verde.
20 de agosto: ¡Veinte veces!
22 de agosto: No he podido contarlas. Ha venido peinada de otra manera.
24 de agosto: No he podido contarlas. Se llama Marta. Tiene unas rodillas muy bonitas. Todo Obaba huele a hojas de tomate.
Sebastián tenía planeados en su cuaderno todos los días de vacaciones que le quedaban. Por la mañana, salir a la calle a ver si veía a Marta. Por la tarde, mirar a Marta y recoger sus miradas. Por la noche, pensar en Marta y en sus bonitas rodillas. Era un plan de vida bastante monótono, pero a él no se lo parecía.
Al abuelo Martín solamente le veía al mediodía, pero apenas podía hablar con él, porque el tío y la tía siempre estaban enfadados:
abuelo, por qué come tanto; abuelo, por qué come tan poco. El abuelo inclinaba la cabeza y murmuraba su amenaza de costumbre:
—¡Estad tranquilos! ¡Pronto me iré a Terranova!
—¡Padre! ¡No empiece con esa historia!
A Sebastián le dolía aquella situación del abuelo. Le parecía que era mucho más niño que él mismo y de vez en cuando trataba de decirle algo cariñoso.
—¡Pero, abuelo! ¿Por qué quieres ir a Terranova? ¡Si allí no hay más que hielo y frío!
—¿Y aquí? ¿Acaso aquí no hay hielo y frío? —contestaba el abuelo, y entonces él se quedaba mudo y la tía se echaba a llorar. El tío, como para sus adentros, se quejaba de la mala suerte que tenían y miraba fijamente a Sebastián. Aquella mirada decía: ¿Por qué le hemos de tener nosotros al viejo abuelo? ¿Por qué no vosotros, los parientes de la ciudad? ¿Acaso no es el padre de tu madre?
Sebastián decidió callarse y también a la hora de comer se ponía a pensar en Marta. Poco después de comer encontraría en la terraza del bar a aquella chica larguirucha que inspiraba todas las notas de su cuaderno. Y con eso tenía suficiente.
Cuando llevaba un mes en Obaba, el último día de agosto, Marta se acercó a la mesa donde él estaba bebiendo su inevitable shandy.
—¿Quieres jugar al ble? Nos falta uno en el equipo.
Aquel suceso, de capital importancia para Sebastián, quedó fielmente transcrito en el cuaderno:
31 de agosto: Ha venido Marta y me ha invitado a jugar. Todo muy bien. Hemos ganado nosotros. Creo que estoy enamorado de Marta. Creo que ella también siente lo mismo, pero no estoy seguro.
La anotación siguiente, la del 3 de septiembre, manifestaba una novedad:
3 de septiembre: Hoy no nos hemos quedado en la terraza, hemos ido a la plazoleta de la fuente. Marta huele a hojas de tomate. He escrito a casa diciendo que me quedaré aquí otro mes más.
La del 5 de septiembre era muy lacónica, pero importante:
5 de septiembre: Marta me ha dado un beso. Marta, te quiero.
La segunda semana de septiembre comenzó a cumplir con Marta las obligaciones de todo enamorado: empezó a contarle secretos. Pero se dio demasiada prisa; habló tanto que se quedó sin saber qué contar para el séptimo día. Entonces se angustió y un sudor abundante empezó a surgir de los poros de sus dos manos. Tenía miedo de que Marta se aburriera con su compañía. Y la verdad era que eso era lo que parecía: ante su mutismo, ella miraba al suelo y sus piernas —enfundadas en largos calcetines de color azul— hacían giros en el suelo alrededor de un centro imaginario. Así estaban las cosas cuando, buscando secretos en la memoria, dio con el abuelo Martín.
—Mi abuelo sabe hablar con los animales —dijo.
Marta le miró con una pizca de desconfianza. No empezó a reírse, como aquellos hombres del bar, pero tampoco demostró curiosidad.
—¿Es que no me crees?
—Sí, pero…
Sebastián argumentó su opinión fervorosamente. Le explicó a Marta todo lo que había observado el día del pájaro y de la serpiente.
—Pero ¿tu abuelo está bien?
—¿Por qué lo dices?
—En el pueblo dicen que está loco, que quiere irse a Terranova.
Sebastián ya no era un niño, había atravesado ya esa línea invisible que separa al niño del hombre, y aquella opinión de la gente de Obaba le pareció mezquina e intolerable. Enfadado, decidió apostar a favor del abuelo:
—¡Pues si dice que irá, será que va a ir!
—A lo mejor, sí —le dijo Marta, poniéndose seria—. La verdad es que la gente es muy tonta. Se ríe de las cosas que no comprende. ¡Si la mayoría de la gente de Obaba no sabe ni dónde está Terranova!
Oyendo aquellas palabras que le daban la razón, Sebastián notó más profundamente que nunca el olor a hojas de tomate. Decidió que haría un poema a Marta. Solo un poema podría expresar todo lo que él sentía en aquel momento. Se puso a la labor aquella misma noche. En el poema quería meter muchas cosas; quería meter los ojos entre verde y gris de Marta, y las rodillas de Marta, y los calcetines azules de Marta, y su voz, y el olor a rosas y claveles —traicionando a las hojas de tomate, claro—; y también el sonido de la fuente, el verano, el juego del ble y otras mil cosas que, en su opinión, tenían que ver mucho con el amor.
De todos modos, el poema tenía que ser breve, lo suficientemente breve como para que cupiera en una postal, y su confección le resultó ardua. Estuvo ocupado en su trabajo hasta las dos de la mañana. Entonces, con la satisfacción del deber cumplido, salió de su habitación y fue a limpiarse los dientes.
—¿Y tú qué haces aquí? —escuchó nada más salir del cuarto de baño. El abuelo Martín le miraba muy serio desde el otro lado del pasillo.
—Abuelo, ¿de dónde vienes?
—¿Quién eres tú? —insistió el anciano.
—¿Yo?
—¡Tú, sí!
Sebastián comprendió de pronto que el abuelo venía de hablar con los animales. Igual que a los tres días de haber llegado a Obaba, su nieto le parecía un desconocido.
—Te acompañaré a la cama, abuelo Martín —le dijo Sebastián cogiéndolo del brazo.
Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Las antiguas preguntas volvían a llenar su cabeza. Tenía que consultarlo con Marta.
—Es muy extraño, Sebastián —le dijo Marta—. Hasta me da un poco de miedo.
—Esta noche me quedaré despierto y, si el abuelo sale de casa, le seguiré.
—Pero ten cuidado, Sebastián.
—Lo tendré, Marta.
Ocurrió tal como él lo había sospechado. Hacia las doce de aquella noche, el abuelo montó sobre Fangio y enfiló por un camino del monte. Había luna llena y su luz, mezclándose con las sombras, daba a las casas de Obaba una apariencia fantasmal: a una parecía faltarle una parte del tejado, a otra la parte baja de la fachada. Algunas ventanas iluminadas flotaban en la oscuridad.
Sebastián salió detrás del abuelo, hacia el monte. La noche, que en su habitación resultaba silenciosa, fue llenándose de sonidos a medida que él ascendía por el camino. Oía chasquidos, susurros, pequeños gritos que parecían surgir desde las mismas ramas de los árboles. Sebastián se alegraba cuando oía ladrar a algún perro: al menos aquello le resultaba conocido.
Llevaban los dos media hora de camino —habían ganado mucha altura y las luces del pueblo se habían vuelto diminutas—, cuando el abuelo Martín se bajó del burro y se adentró en un bosque. El momento que esperaba Sebastián había llegado.
El bosque tenía un promontorio de roca en la parte donde acababa el camino, y allí fue donde se quedó Sebastián. Desde aquella altura dominaba bien el claro donde el abuelo, canturreando la canción de Lily Marlen, se había puesto a encender pequeños fuegos.
Lo que Sebastián vio luego lo resumió así en su cuaderno:
17 de septiembre: Esta noche he ido tras el abuelo a un monte. El abuelo ha hecho unos fuegos al llegar allá, y de ahí a poco ha aparecido un jabalí, y luego han aparecido otros dos, luego otros cuatro o cinco, y así hasta que todo el bosque ha estado lleno de jabalíes. Todos los jabalíes acudían adonde el abuelo, pero no parecía que fueran jabalíes, sino perros. Se comportaban como los perros, moviendo el rabo y lamiendo la mano del abuelo. El abuelo les ha echado un sermón y después los jabalíes han empezado a bramar, y parecía un trueno, y yo no sé cómo en el pueblo no lo han oído. A mí, al escuchar el trueno, me han entrado unas ganas de llorar tremendas. Me ha parecido que lo que estaba oyendo era el canto de los jabalíes, un canto como los de la iglesia. Como no podía quedarme allí, he venido corriendo y, cuando he ido a lavarme los dientes, me he dado cuenta de que tenía la cara muy blanca. Pero no porque estuviera asustado: no era miedo, era otra cosa.
—¿Y los jabalíes le lamían la mano? —le preguntó Marta al día siguiente.
—Así es, Marta.
—Pero ¿por qué te has puesto tan triste después de ver lo del bosque? A mí me parece que estás muy triste, Sebastián.
—No sé, se me ha puesto una cosa aquí. —Sebastián se señalaba entre el pecho y el estómago.
Marta se inclinó hacia él y le dio un beso.
En las noches siguientes, el abuelo Martín siguió hablando con los animales: habló primero con las truchas del río y luego con los gatos y los perros del pueblo. Y Sebastián vio brincar a las truchas, vio sollozar a los perros, vio lamentarse a los gatos. No podía saber lo que les decía el abuelo, pero intuía que se trataba de algo muy triste.
El 20 de septiembre fue un día especial para Obaba. Nevó en las cumbres y las golondrinas, a cientos, se posaron en los alambres de la luz. A lo que parecía, el invierno estaba muy cerca, venía adelantado. Aquella noche, Sebastián oyó unos golpes en la puerta de su cuarto.
—¿Eres tú, abuelo?
—Una visita, una pequeña visita. —Sí, abuelo.
Sebastián se sintió un poco intimidado. Su corazón estaba partido en dos: por un lado deseaba hablar con el abuelo, por otro tenía miedo de lo que podría oír. Y también sentía ganas de llorar.
Pero el comportamiento del abuelo era normal; parecía preocupado por las cosas de su nieto.
—Y con Marta, ¿todo bien?
—Sí, muy bien.
Sebastián hizo un esfuerzo y le hizo algunas confidencias acerca de aquella chica, su primer amor.
—Abuelo, ¿no vas a contarme lo de los animales? —le dijo luego.
El anciano le miró de frente.
—¿No lo has visto ya?
—Sí —admitió Sebastián bajando los ojos.
—Entonces… no hay nada que contar, ¿verdad?
—No.
Ya no pudo aguantar más y empezó a llorar. Acababa de comprender que el abuelo Martín se estaba despidiendo. Despidiéndose de él igual que antes se había despedido de los jabalíes, las truchas, los perros y los gatos. Pero el abuelo estaba contento. Hasta le hizo una broma antes de salir de la habitación. —¿Y tú qué haces aquí? —dijo enarcando las cejas. Luego le dio una palmada a Sebastián—. Vamos, Sebastián, nada de penas. Y que te vaya bien.
—Adiós, abuelo.
Al día siguiente lloviznó desde por la mañana. Obaba y sus alrededores estaban completamente silenciosos: los grillos bajo la tierra y sin cantar, las golondrinas en los alambres y sin silbar, los perros atados en los zaguanes de las casas y sin ladrar. Serían las cinco de la tarde cuando, desde la plazoleta de la fuente, Marta le señaló el cielo a Sebastián:
—Mira, ocas salvajes —dijo.
Aquellas ocas ya habían olido el invierno y, reunidas en bandadas, emprendían su largo viaje hacia el sur. Al volar, cada una de las bandadas formaba una letra del abecedario.
—Ha hecho una A —dijo Marta cuando pasó la primera bandada.
—Una D —dijo Sebastián cuando pasó la segunda.
Las que pasaron a las cinco y cuarto formaron una I, una O y una S.
Sebastián y Marta no pudieron dejar de observar que, entre las cinco bandadas, las ocas habían completado una palabra de despedida: ADIÓS.
—Las siguientes harán una M —dijo Sebastián. Pero pasaron tres bandadas y formaron la sílaba MAR. Un poco después, pasó volando una T. Hacia las siete, las últimas dijeron IN.
—Las ocas han escrito Adiós, Martín. El abuelo ya debe de estar en Terranova —comentó Sebastián con mucha tristeza. Luego acompañó a Marta y se encaminó hacia la casa de sus tíos.
Frente a la casa había mucha gente apiñada y su tío mostraba a todos un papel. Sebastián se acercó y lo leyó.
«Me he ido a Terranova», decía el papel. Debajo venía la firma del abuelo.
El que Sebastián estuviera enterado de lo que iba a pasar no impidió que se apenara. Se apartó de todos y se encerró en su habitación.
De allí a poco tiempo, unos hombres trajeron a Fangio diciendo que el abuelo Martín no aparecía por ninguna parte.
FIN.


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