Ando por la carretera, se ven unos árboles secos y sedientos.
Pasan los caballos, galopean y se paran
mientras un gitano gordo come una flor amarilla,
la grasa de sus dedos se deshace en el sol.
Nos sobrevuelan unas golondrinas,
una se mete en la crin de un caballo negro y rechoncho
haciendo un nido perfecto y salado.
La golondrina pone los huevos en la crin.
En Belgrado el asfalto se derretía, los tacones se metían en la masa de un pan.
Todo Belgrado en verano es un horno, un horno de pan sabroso.
Mi amigo vive allí, hecho de la corteza de roble,
estamos juntos de nuevo y muy jóvenes.
La fiesta es en la última planta de un rascacielos gris,
son las siete de la madrugada y huele a tabaco y vino pasado.
Nos espera todo y nada, los tres lo intuimos.
El sol ya no quema, algunos están muertos.
La ciudad me crea un caparazón de tortuga en el pecho
siempre cuando amanece encima del Danubio.
Estamos descalzos en la tierra caliente y húmeda,
se nos salen los ojos del cráneo, tenemos demasiada hambre.
Pasan los caballos, galopean y se paran
mientras un gitano gordo come una flor amarilla,
la grasa de sus dedos se deshace en el sol.
Nos sobrevuelan unas golondrinas,
una se mete en la crin de un caballo negro y rechoncho
haciendo un nido perfecto y salado.
La golondrina pone los huevos en la crin.
En Belgrado el asfalto se derretía, los tacones se metían en la masa de un pan.
Todo Belgrado en verano es un horno, un horno de pan sabroso.
Mi amigo vive allí, hecho de la corteza de roble,
estamos juntos de nuevo y muy jóvenes.
La fiesta es en la última planta de un rascacielos gris,
son las siete de la madrugada y huele a tabaco y vino pasado.
Nos espera todo y nada, los tres lo intuimos.
El sol ya no quema, algunos están muertos.
La ciudad me crea un caparazón de tortuga en el pecho
siempre cuando amanece encima del Danubio.
Estamos descalzos en la tierra caliente y húmeda,
se nos salen los ojos del cráneo, tenemos demasiada hambre.
Las sandalias se me llenan de polvo.

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