Guando golpea la lluvia con sus gotas de agua
la tierra, y clava sus buriles en la piedra para
llenarla de incoherentes labores, y las ráfagas de
Diciembre estampan su bramido en las frentes de
mármol de las ruinas, y en toda la tierra no se
descubren más que charcales y nubes llenas de
girones por los cuales escurre la tétrica claridad
de las criptas, el musgo adormece su germen entre los pliegues del traje de las estatuas, en los
guarnicionados surcos de tejas de los edificios, en
los asientos de piedra de los paseos y en los obscuros paredones, y espera como las demás plantas la evolución del calor y de los jugos para
tejer su delicado terciopelo y elevar sus millares
de puntas sobre la piedra, echar velo legendario y
misterioso á las esculturas, orlar las ojivas de góticas labores y trepar las cresterías y caballetes
de las iglesias.
En la cumbre de un monte que domina una
agitada población, entretenida en el tráfico y en
las faenas del comercio, existe un castillo medio
roto y abandonado, en cuyas almenas, aún de
pie, y en cuyos trozos de columnas, semejantes á
pedazos de cuerda de un instrumento, el viento
ejecuta una confusa canción de guerra, donde parecen oírse toques de clarines y lejano zumbido
de cañones, ritmos de bandas militares y tristes
alertas de soñolientos soldados, que sobre el muro
del edificio ven el fantástico parpadeo de las
ventanas de la ciudad, al pasar tras de ellas las
ráfagas de luz de las bujías.
En medio de estas ruinas ingentes, que desde
la falda del monte y desde el borde del mar suben en ciclópeo escalonamiento hasta la cima, he
permanecido muchas tardes, ya en aquella estación en que la enérgica luz finge un baile de
monedas de oro sobre las olas, ya cuando, las
nubes de invierno le dan su tono ceniciento, y he
observado las lentas evoluciones del solitario
musgo, desde que el verano lo avellana y arquea,
dándole el aspecto de la hojarasca, hasta cuando
surge con expresión melancólica del fondo de la
primavera y siente, emocionado de placer, rozar su superficie el ala de tornasoles de la golondrina. En semejantes ruinas, el musgo vive como en
su palacio; se acompaña de cruces volcadas, de
jaramagos que blanden su cabeza al soplo del
viento, de hendiduras por las que asoma su achatada cabeza de pintoresco lagarto y de obscuros
desconchones tendidos en los muros, que representan, ya bélicos soldados colocados en trágicas
actitudes, ya diseños de furiosas batallas, o bien
monstruos deformes parecidos a momias petrificadas.
En el ancho brocal de un pozo, situado en el
comedio del castillo, el musgo extiende su banda
pintoresca y corre á lo largo del muro, viéndose
á trechos hendida por el óxido que arrancó al
hierro la pesada lluvia de invierno y lo extendió
en anchas líneas que dieron más carácter de antigüedad á la pintura.
Un arco de hierro que sostiene en su centro
una vieja garrucha, sostiene también la cuerda,
pendiente de la cual baja al fondo del pozo el
abollado caldero, cubierto asimismo de manchas
de óxido.
Alguna vez, lleno de inmenso terror, dejé ir la
vasija por medio de la negra columna de sombra,
soltándola brazadas á brazadas, y el abismo empezaba á tragar la cuerda dejada ir hasta su fondo.
¡Qué momento de emoción! ¿Vendría á sorprenderme en aquel momento el soldado encargado de custodiar los restos del castillo?
La garrucha gemía, gemía con ayes de infinita
tristeza y hacia como desperezamientos del hierro
que vuelve en sí después de profundo sueño; yo
soltaba brazadas tras brazadas, asomándome con
intensa emoción al fondo de la sima, donde ni siquiera descubría ese relámpago que duerme en la
superficie del líquido, allá en le hondo de las
fuentes profundas. La cuerda caía, agotándose
por momentos; el menor extremecímiento del aire
me hacia volver el rostro, asustado, creyéndome
ser descubierto de alguien; por fin, y como si viniera del centro de otras regiones de la tierra,
llegó hasta mis oídos el medroso y especial chasquido de la vasija en la flor del agua, la cual debió
partirse en redondos círculos negros y cristalinos.
¿Qué secreto terror embargaba entonces mi espíritu? Puesta la mano izquierda sobre el musgo
que cubría el derruido borde del pozo y por el
que resbalaba engañosamente como sobre una
mancha de mucílago, dirigía miradas de terror
hacia la compacta sombra que taladraba Ja cuerda como largo hilo de aguacero. ¿Habría en el
fondo manos de esqueleto que tratarían de sujetar la vasija, para que yo no pudiera traerla nuevamente hacia arriba, o se zambulliría en aquel
momento dentro de ella, con infernal algarabía,
una legión de gnomos enanos, dispuestos á subir
por la cuerda para arrastrarme de una mano a sus
moradas del centro del planeta?
A esta extraña idea, quitaba instintivamente la
mano del musgo y retiraba el cuerpo como para
escapar de la embestida.
Después lograba subir precipitadamente el caldero, apoyábalo en el roto brocal, y dispuesto á
retirarme acelerado, dejaba ir hasta el fondo el
contenido de agua, que después de largo rato
sonaba á mis oídos como el rasgarse de una
grandiosa tela de seda allá en lo profundo de la
tierra.
Vuelto de nuevo á recorrer el accidentado encaje de las almenas, extendía la mirada por todas
las divisiones del castillo.
Sobre los caballetes abríase el musgo con majestad de colgadura, y asaltaba cornisas y ventanas, extendiéndose á lo largo de los muros y dejando verdinegros lápices, que formaban las suaves y luminosas aguas del terciopelo.
La columna volcada sobre el suelo, el hendido asiento de piedra, sobre el que solo descansaban los pájaros, las torres desiertas y lúgubres y
las gruesas almenas parecidas á clavos de gigante,
mostraban el misterioso velo de la leyenda, elaborado por el musgo.
Ante aquel aspecto sombrío, creíase oír pasar
por las altas tapias, allá cuando la noche cerraba
el horizonte, las sombras de los ejércitos que animaron los castillos y chocaban con temor las espadas, resonaban metálicamente las espuelas, crujían los cascos y las armaduras, y todo resbalaba
con sigilo sobre los muros y terraplenes, conduciendo broqueles y carros de batalla, escudos y
cimeras.
Guando volvía de regreso á la ciudad, aún en
mis manos se veían restos diseminados de musgo
que llevaba ansiosamente al olfato, para seguir
recordando, con esta extraña memoria, los imponentes cuadros del castillo.
***
¡Oh solitario vegetal, planta microscópica! Sin
llegar siquiera al tobillo de la irrisoria pata de la
mosca, cubres, sin embargo, con velo legendario
Jos edificios, das tono poético á los cuadros de la
naturaleza y te conviertes en laurel voluntario,
que sube á coronar las estatuas de los santos y de
los dioses.

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