El Musgo de Salvador Rueda (1894)

 

Guando golpea la lluvia con sus gotas de agua la tierra, y clava sus buriles en la piedra para llenarla de incoherentes labores, y las ráfagas de Diciembre estampan su bramido en las frentes de mármol de las ruinas, y en toda la tierra no se descubren más que charcales y nubes llenas de girones por los cuales escurre la tétrica claridad de las criptas, el musgo adormece su germen entre los pliegues del traje de las estatuas, en los guarnicionados surcos de tejas de los edificios, en los asientos de piedra de los paseos y en los obscuros paredones, y espera como las demás plantas la evolución del calor y de los jugos para tejer su delicado terciopelo y elevar sus millares de puntas sobre la piedra, echar velo legendario y misterioso á las esculturas, orlar las ojivas de góticas labores y trepar las cresterías y caballetes de las iglesias. En la cumbre de un monte que domina una agitada población, entretenida en el tráfico y en las faenas del comercio, existe un castillo medio roto y abandonado, en cuyas almenas, aún de pie, y en cuyos trozos de columnas, semejantes á pedazos de cuerda de un instrumento, el viento ejecuta una confusa canción de guerra, donde parecen oírse toques de clarines y lejano zumbido de cañones, ritmos de bandas militares y tristes alertas de soñolientos soldados, que sobre el muro del edificio ven el fantástico parpadeo de las ventanas de la ciudad, al pasar tras de ellas las ráfagas de luz de las bujías. En medio de estas ruinas ingentes, que desde la falda del monte y desde el borde del mar suben en ciclópeo escalonamiento hasta la cima, he permanecido muchas tardes, ya en aquella estación en que la enérgica luz finge un baile de monedas de oro sobre las olas, ya cuando, las nubes de invierno le dan su tono ceniciento, y he observado las lentas evoluciones del solitario musgo, desde que el verano lo avellana y arquea, dándole el aspecto de la hojarasca, hasta cuando surge con expresión melancólica del fondo de la primavera y siente, emocionado de placer, rozar su superficie el ala de tornasoles de la golondrina. En semejantes ruinas, el musgo vive como en su palacio; se acompaña de cruces volcadas, de jaramagos que blanden su cabeza al soplo del viento, de hendiduras por las que asoma su achatada cabeza de pintoresco lagarto y de obscuros desconchones tendidos en los muros, que representan, ya bélicos soldados colocados en trágicas actitudes, ya diseños de furiosas batallas, o bien monstruos deformes parecidos a momias petrificadas. En el ancho brocal de un pozo, situado en el comedio del castillo, el musgo extiende su banda pintoresca y corre á lo largo del muro, viéndose á trechos hendida por el óxido que arrancó al hierro la pesada lluvia de invierno y lo extendió en anchas líneas que dieron más carácter de antigüedad á la pintura. Un arco de hierro que sostiene en su centro una vieja garrucha, sostiene también la cuerda, pendiente de la cual baja al fondo del pozo el abollado caldero, cubierto asimismo de manchas de óxido. Alguna vez, lleno de inmenso terror, dejé ir la vasija por medio de la negra columna de sombra, soltándola brazadas á brazadas, y el abismo empezaba á tragar la cuerda dejada ir hasta su fondo. ¡Qué momento de emoción! ¿Vendría á sorprenderme en aquel momento el soldado encargado de custodiar los restos del castillo?
La garrucha gemía, gemía con ayes de infinita tristeza y hacia como desperezamientos del hierro que vuelve en sí después de profundo sueño; yo soltaba brazadas tras brazadas, asomándome con intensa emoción al fondo de la sima, donde ni siquiera descubría ese relámpago que duerme en la superficie del líquido, allá en le hondo de las fuentes profundas. La cuerda caía, agotándose por momentos; el menor extremecímiento del aire me hacia volver el rostro, asustado, creyéndome ser descubierto de alguien; por fin, y como si viniera del centro de otras regiones de la tierra, llegó hasta mis oídos el medroso y especial chasquido de la vasija en la flor del agua, la cual debió partirse en redondos círculos negros y cristalinos. ¿Qué secreto terror embargaba entonces mi espíritu? Puesta la mano izquierda sobre el musgo que cubría el derruido borde del pozo y por el que resbalaba engañosamente como sobre una mancha de mucílago, dirigía miradas de terror hacia la compacta sombra que taladraba Ja cuerda como largo hilo de aguacero. ¿Habría en el fondo manos de esqueleto que tratarían de sujetar la vasija, para que yo no pudiera traerla nuevamente hacia arriba, o se zambulliría en aquel momento dentro de ella, con infernal algarabía, una legión de gnomos enanos, dispuestos á subir por la cuerda para arrastrarme de una mano a sus moradas del centro del planeta?
A esta extraña idea, quitaba instintivamente la mano del musgo y retiraba el cuerpo como para escapar de la embestida. Después lograba subir precipitadamente el caldero, apoyábalo en el roto brocal, y dispuesto á retirarme acelerado, dejaba ir hasta el fondo el contenido de agua, que después de largo rato sonaba á mis oídos como el rasgarse de una grandiosa tela de seda allá en lo profundo de la tierra. Vuelto de nuevo á recorrer el accidentado encaje de las almenas, extendía la mirada por todas las divisiones del castillo. Sobre los caballetes abríase el musgo con majestad de colgadura, y asaltaba cornisas y ventanas, extendiéndose á lo largo de los muros y dejando verdinegros lápices, que formaban las suaves y luminosas aguas del terciopelo. La columna volcada sobre el suelo, el hendido asiento de piedra, sobre el que solo descansaban los pájaros, las torres desiertas y lúgubres y las gruesas almenas parecidas á clavos de gigante, mostraban el misterioso velo de la leyenda, elaborado por el musgo. Ante aquel aspecto sombrío, creíase oír pasar por las altas tapias, allá cuando la noche cerraba el horizonte, las sombras de los ejércitos que animaron los castillos y chocaban con temor las espadas, resonaban metálicamente las espuelas, crujían los cascos y las armaduras, y todo resbalaba con sigilo sobre los muros y terraplenes, conduciendo broqueles y carros de batalla, escudos y cimeras. Guando volvía de regreso á la ciudad, aún en mis manos se veían restos diseminados de musgo que llevaba ansiosamente al olfato, para seguir recordando, con esta extraña memoria, los imponentes cuadros del castillo. 

*** 

¡Oh solitario vegetal, planta microscópica! Sin llegar siquiera al tobillo de la irrisoria pata de la mosca, cubres, sin embargo, con velo legendario Jos edificios, das tono poético á los cuadros de la naturaleza y te conviertes en laurel voluntario, que sube á coronar las estatuas de los santos y de los dioses. 

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