Un cuento de la Bruja del Norte del siglo XIII escrito por Marina Zrnic©

Foto de Analia Ferrario en Unsplash
                                 
Los muertos no nos dejan en paz. Los muertos forman parte de la vida diaria igual que los vivos. Ellos no hablan, no vocalizan, pero hacen ruidos, raspan, huelen a tabaco y a la ropa después de la lluvia. Ellos van y vienen. ¿A dónde van? ¿Por qué se van? Tendrán sus razones, igual que los vivos.
Los muertos a veces nos despiertan con el silencio profundo. Te despiertas de repente y sabes perfectamente que no estás solo, lo ves tan normal y tan ordinario como cuando volvían del trabajo por las tardes. Son dos mundos que se interponen, dos realidades con sus reglas y energías, con sus pasados y memorias. Los muertos tienen sus colores y sus melodías, sus pensamientos y sus esfuerzos.
Los más cercanos los notan, la gente que les conocía a profundidad. Igual que cuando andamos por la calle y vemos a nuestro familiar y le reconocemos desde muy lejos, su modo de andar, sus gestos y luego pasamos al lado de un desconocido, sin notarlo si quiera. 
Me acuerdo de una historia que me contó la Bruja del Norte cuando fui a visitarla hace muchos años. Era un día exageradamente nublado y lluvioso. Le prometí pronto por la mañana que iba a verla, así que lo vi de mala educación cancelarlo en el último momento por la lluvia. La Bruja del Norte además lo hubiera sabido si lo hubiera cancelado por la lluvia. No tenía mucho sentido mentirle. Por el otro lado, la lluvia parecía no ser ninguna molestia en su vida diaria ni cambiaba su sentido de humor, daba igual lo continua y pesada que era. 
Al poner dos tazas de un té de quién sabe qué con un chupito de algún aguardiente, la Bruja se sentó en su sillón cojo. Me observo durante un rato, cerró  los ojos y entones me lo contó.

En el siglo XIII en Sheffield en Yorkshire había una mujer famosa por los ojos grises y un pelo largo y rubio. Era una mujer no bella, ni siquiera atractiva para esa época, pero era cautivadora. Daba ganas de llorar tener que quitar los ojos de esa mirada gris. Siempre era pensativa y femenina, olía a canela y manzanas y parecía tan profundamente emocional y llena de mundos enteros totalmente impenetrables. Era la posesión de esos mundos y el carácter femenino tan acentuado que atraía las miradas y los pretendientes. 
Se dice que por parte materna heredó unos conocimientos de la magia. Trabajaba con el agua y en el agua. Al día de su cumpleaños de 21 años era la luna llena y la mujer joven decidió ver lo que le traía el futuro. Ató tres hilos alrededor de un fresno y en el cabo libre de cada uno ató tres colgantes. Durante la noche de luna llena, nada más cumplir 21 años, ella soltó los tres colgantes atados bajo el río. Después de tres días se escabulló de la casa donde vivía con su madre y sacó solo dos hilos con los colgantes, uno con un corazón de oro y el otro con una calavera de plata. Lo que se perdió en el río, no iba a ser.
La mujer al cabo de un mes conoció a un hombre unos años mayor que ella, fuerte y feroz que despertó en ella todas las emociones en las profundidades de sus mundos. Era un hombre pelirrojo, silencioso, servil. Trabajaba duro y mucho. Jamás se quejaba, jamás le pidió nada que le podría provocar tristeza o suponer salir de sus mundos. Entre ellos había una relación palpable, una especie de ombligo que les unía y que era evidente para todos que pasaran algo de tiempo en su compañía. A veces cuando él le abrazaba, se sentía quieta, mirando la vela en la mesa, se sentía como un animal dominado, un animal dominado y profundamente feliz y amado, como si en ese dominio suyo ella encontraba su casa sin perder la libertad, sin desear huir de él.
Incluso cuando él falleció, solo unos años después de la boda, los lugareños intuían que ese ombligo ni la muerte consiguió romper.
Al principio la veían al lado del lago, de cuclillas, mirando al agua tranquilamente y hablando aparentemente consigo misma. Después, una cuantas noches la vieron andando con la luna llena por el prado detrás de la cabaña donde siguió viviendo con su madre. Iba sonriendo ligeramente como si hablara con alguien al lado suyo. 
Su marido era un hombre versátil y se dedicaba a varios oficios con mucho éxito, la apicultura siendo uno de ellos. Las colmenas triunfaban y su cabaña era visitada por las gentes con los medios para comprarlo. Ella lo aprendió y las abejas no la rechazaron. Siguió con su oficio llenando la despensa con la miel y jalea. 
Fue un poco después del primer aniversario de su muerte. Entró en la despensa para coger una tinaja y al abrirla, se dio cuenta que estaba vacía. ¿Cómo puede ser? La despensa no tenía ninguna ventana y ella y su madre estaban durante días en la cabaña, por lo menos una de ellas. La cabaña era muy pequeña, con una sola habitación y la despensa que se hizo a parte de ese espacio. No vino nadie, no tuvieron los visitantes. No entendía nada.
Al día siguiente se levantó y fue a la despensa. De nuevo revisó unas tinajas y dos más estaban vacías. 
Durante días ocurría lo mismo, algunos días una tinaja, otros días dos. Se quedó a dormir con una vela en la despensa, en el suelo. Se mantuvo despierta hasta el amanecer y entonces se durmió. Soñó con su marido. Estuvieron comiendo en un prado comida que ella trajo en una cesta. Había pan y queso, mucha jalea y mucha miel. Su marido comía con mucho apetito, le abrazaba y le besaba. Era un sueño muy bonito y al despertarse en el suelo, se echó a llorar. Otra tinaja estaba vacía.
Cuando se despertó su madre, ella le pidió quedarse en la casa de su hermana y pasar la noche allí. No era nada inusual, su madre iba mucho a ver a su hermana que también era viuda con niños pequeños. Le preguntó si pasaba algo, pero ella le dijo que no era nada y que solo quería averiguar algo.
Al anochecer, atrancó bien la puerta. Encendió dos velas en el suelo, abrió una tinaja y sacó miel en un cuenco. Puso un vaso de agua, un vaso de cerveza, un trozo de pan y un poco de jalea. Se cerró con la comida en un círculo de sal.
"El círculo cerrado, comes lo hay dentro, 
El círculo cerrado, en paz duermo.
¡Qué así sea!"
Lo repetía comiendo un poco de pan hasta que se durmió. 
Por la mañana se despertó con unos golpes. Era su madre que ya estaba preocupada al ver que ella no se despertó tan pronto como usualmente. Ella le abrió y la mujer vio el círculo de la sal en el suelo. El cuenco con la miel y la jalea estaba vacío. Todas las tinajas de la despensa estaban llenas.

La Bruja del Norte bebió su té y se levantó.
"Tengo que ir a limpiar el jardín de malas hierbas."
"Está lloviendo mucho," le dije.
Se quedó mirándome.
"Te ayudo?", le pregunté como si no estuviera lloviendo a cántaros. 
"Ven," dijo simplemente.
Me dio un chubasquero suyo. 

No comments:

Post a Comment