Santa Marina Margarita de Antioquía por Marina Zrnic©



*Santa Margarita de Antioquia
Autoría desconocida.
Mexico, Puebla.

Fallecimiento: año 304 d.c, Antioquía de Pisidia (Imperio Romano, actual Turquía)
Causa de la muerte: Decapitación
Patronazgo: mujeres que están de parto

La ciudad de Antioquía es grande y mística. En las ciudades grandes hay muertes grandes, vidas pequeñas, vidas bélicas. Las ciudades grandes son como unos bazares gigantescos donde hay varios tipos de hierba buena y hierba mala.
En las ciudades grandes hay religiones de los cuatro lados del mundo. En la ciudad de Antioquía se pueden ver unos mosaicos en el suelo de las casas y patios ricos, mosaicos azules y verdes en forma de peces. Hay capillas que se parecen hechas de un encaje blanco y puertas magníficas de madera maciza. 
El mar nos salva con su espuma salada y huidiza. Dicen muchos haber visto las sirenas en la orillas. 
Yo hablo con las sirenas. Son muy feas y malas, con el pelo largo y rojo, lleno de algas verdes y conchas. Dicen muchos que las sirenas se vuelven buenas solo si son queridas. 
Yo vi el mar, el agua eterna y lejana. Lo vi una vez. No ando cerca del agua, vivo cerca del fuego. 
Me gusta la tierra seca debajo de los pies, me gusta estar sentada en el suelo, quemarme en el suelo caliente. Cuido de mis ovejas, mis montones blancos y suaves que tanto amor me dan.
Las murallas de la ciudad son amarillas, blancas y hechas de barro. Desde las afueras, parecen tela blanca con la que me protejo del sol. La vida entera es como una tela blanca. Me la quitaron cuando tenía 15 años.
No hay nada terrible en la decapitación. Siempre supe cómo cuidar mi alma y al alma no me lo pudieron decapitar. 
La decapitación vibra y resuena por los pasillos siderales del universo. La decapitación tiene su cumplimiento, un intento de quitarme la fe y el fuego. Un intento pésimo.
La única vez que fui a ver el mar, una sirena me dijo que nunca nadie te puede encarcelar si consigues ver. En la celda yo oí la voz rota de aquella sirena. Me decía que el fuego era mi hogar y que en el fuego yacía mi alma.
Vi el fuego en las muñecas, en los pies , en el suelo y en las paredes. Siempre supe ver el fuego. 
Mi padre era un sacerdote pagano que nunca vio la luz cristiana. Él me enseñó cómo ver con la magia. Él y las sirenas.
El fuego me desencadenó.
Las burbujas del mar liberaron y echaron de mi garganta un dragón.
La tierra liberó mis pies.
El aire llevó las palabras hasta mis ovejas, hasta las sirenas y más allá de las murallas de Antioquía.
Di a luz a un dragón por la garganta de mi fe. El dragón es mi hijo que yace a mis pies, caliente y fogoso.
El dragón es el fuego de mis interiores que sobrevuela en el julio encima de las mujeres embarazadas, encima de las mujeres que dan a luz los dragones de sus interiores.

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