Un vacío, un desierto es lo que una bruja intenta rellenar. Un hueco en el estómago lleno de hierbas buenas y aceitunas. Un hueco que quema la tripa y la despierta por la noche, cuando la cortina baila encima de su cama, de color del "nomeolvides".
Normalmente hablo con la Bruja del Norte en mi mente. Primero camino hasta su casa que tiene un jardín totalmente desordenado, lleno de ramas, tiestos rotos, raíces de los árboles y unos cachos de azulejos. En su jardín se encuentra un altar de piedra, lleno de velas, guijarros, restos de cenizas.
La Bruja del Norte no cree en el orden, su opinión es que todo nace del desorden. Lo cierto es que yo jamás la vi buscando algo dentro de las montañas de las cosas que tiene por ahí. Normalmente se levanta y va directamente hasta una cómoda y encuentra a la primera lo que necesita. También me comentó que había "criaturas" viviendo en las montañas de las cosas que tiene en el jardín. Creo que por eso siempre tenía unos cuencos llenos de leche en las esquinas del jardín. Incluso, a veces mientras estábamos sentadas en el porche de su cabaña, ella se levantaba a ir por la miel que echaba con una cuchara en un platillo y lo dejaba en un arbusto.
La Bruja del Norte es extremamente generosa. A veces me regala alguna joya suya. A veces me sopla un polvo morado a la cara para ayudarme en mi búsqueda. Lo imprescindible es que no me oculta sus conocimientos de la brujería, siempre confirmándome que habrá momentos donde ella no me podrá ayudar, porque hay ciertas cosas que dependen solo de mi poder.
Ella me dijo varias veces que lo mío son las velas y los hilos. Yo ya lo sabía. Cada una de nosotras puede desarrollar solo ciertos aspectos del poder en general. Mi amiga lo ve eso en la energía que sale de mis ojos, lo sabe leer fácilmente.
En mi mente, abro la puertecilla en el valle que rodea su cabaña. Siempre la encuentro sentada en los escalones que llevan a su casa. No sonríe ni se enfada. Se levanta y me lleva al salón de su cabaña. Normalmente ni nos saludamos. Yo siempre me siento en un sillón gris que está en una esquina al lado de una estantería ahogada por los libros y por las libretas. Ella se sienta enfrente de mí, en una silla coja de madera. Es su silla preferida.
Anoche hablé con ella. Me trajo un té de hierbas que olía a chicle. No me preguntó por qué la visité porque ya lo sabía. Era por el agujero ese que nació dentro de mí. Un agujero que no conseguía llenar de ninguna manera, por la falta del aire y por la necesidad de reaccionar. Volver a lo que yo realmente era cuando era.
Me observaba. La Bruja del Norte tiene un ojo verde y otro azul. Yo le miraba directamente al ojo verde. Dentro se veía una mancha amarilla.
"No sueltas nada. Machacas. Tienes que aprender a soltar. Viene el mes de las dos Lunas. Intenta aprender hasta entonces."
Me bebí el té. En la mesa se movía la llama de una vela negra.
Salí de su cabaña, al jardín. La luna se encontraba justo encima de la cabaña. En el arbusto se oían los susurros y el movimiento ligero del cuenco. Se oían las hojas. Alguien me tiró una baya, justo al lado de los pies. La cogí y la comí. El vacío se llenó con una baya.
"Gracias."
Me fui.

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