Un cuadro para congelar el corazón por Desanka Pankovic


Desanka Pankovic 
Nació en Srem, una región fértil en el noroeste de Serbia. Nació y creció en una casa enorme, llena de gente de varias generaciones, llena de olores a leche fresca y tierra. Es una de las niñas que se pelaba la piel de la nariz cuando volvía del mar de pequeña. La que devoraba los libros entre las gallinas y trabajos duros del campo. Es una de las niñas que viene de un mundo que ya no existe.
Es una escritora tímida, amante de la poesía y del haiku, de las novelas de la época victoriana de Inglaterra y de las historias tan sumamente humanas, que a veces nos resulta difícil digerirlas.
Desanka Pankovic es una escritora que conoce la palabra como si fuera su propia hija, una mujer que se lee doscientas páginas de “Guerra y Paz” y después hace un bizcocho marmolado con cerezas.
Tiene muchos poemas escritos. Tiene muchos cuentos escondidos entre las castañas y lavanda secada en un armario enorme de su dormitorio. Su casa huele a hierbas buenas y palabras cariñosas. Está llena de detalles de los viajes, de unos encuentros y desencuentros.
Desanka Pankovic es la imagen eterna de una niña tumbada en el campo, con un libro en las manos y unas flores salvajes en el pelo.
Aquí pueden encontrar la traducción de un cuento corto de Desanka Pankovic y espero poder ofrecer muchas más traducciones de su obra.


Un cuadro para congelar el corazón
-Desanka Pankovic-

Cada enlace de matrimonio va acompañado por unas lluvias de emociones por abandonar la vida antigua, por ir del seno de tu familia. También, en el horizonte se ven unos planes nuevos, la incertidumbre y unos sueños dulces. Algunos eventos de esa época se borran de la memoria y algunos se quedan como un recuerdo o una anécdota para siempre. Un día de aquel enero marcó la llegada del padrino con dos trabajadores de su fábrica que llevaban un paquete de gran volumen. El peso en realidad era un cuadro grande de pintura al óleo, un regalo para nuestra nueva vida. Un detalle amable.
El padrino se tomó un café, brindó y bebió de un trago, habló con muchas ganas de nuestro futuro y se marchó. El cuadro se quedó apoyado en la pared y se volvió el objeto de bromas.
-Justo para el comienzo de un matrimonio, el invierno y el hielo, para congelar el corazón!-, un comentario de mi suegra que desató la discusión del cuadro. ¿Qué hacer con un cuadro de un tamaño de una puerta, con un marco enorme que hizo el mismo padrino?
“El Paisaje Invernal” de un pintor que era la leyenda de nuestra ciudad. El paisaje estuvo presentado por un canal con el agua gris azulada, en la superficie brillaba el hielo, con los juncos desnudados por el aire resaltando tristemente desde los bordes del canal mientras que de lejos se veía una arboleda sin hojas con el cielo gris encima.
Nuestro matrimonio comenzó en la habitación de mi marido, de la época estudiantil, así que, en ese momento, el cuadro no tenía su pared, sobre todo no un cuadro tan grande. Después de los comentarios, bromas, risas que ya no eran bienintencionados, mi suegra llegó a una conclusión: el cuadro se va a la casa de su madre que además solo usa una habitación ya que las otras están llenas de cosas, muebles y memorias de la época magnífica cuando ella era la mujer de un comerciante rico.
De modo que el cuadro, envuelto en una sábana blanca, acabó cariñosamente colocado detrás de una cómoda, para esperar la extensión exitosa de nuestro hogar, en algunas habitaciones ricamente decoradas, algún día, que normalmente ocurre en solo unos días en los sueños de una pareja joven.
Nosotros corríamos por la vida, el cuadro tranquilamente estuvo esperando.
La abuelita se murió, la suegra a veces aireaba la casa y nosotros no teníamos ningún plan de colgar el cuadro al lado de los bebés y cuadros “obligatorios“ y objetos que poco a poco se acumulaban y ya se “apretaban“.
Un día la suegra decidió declarar que de la OTRA casa había desaparecido un sillón bordado a mano, lamparas y nuestro cuadro, el idilio invernal del pintor famoso, el regalo del padrino.
La suegra se inquietó, más que nosotros, se fue corriendo a comprarnos un cuadro de un artista mayor, como la recompensa para los daños hechos. Colgamos la pintura al oleo todavía húmeda y llevo observándola varias décadas. Un jarrón precioso con flores de campo, amapolas, menta, todo en rojo y morado.
Se quedó sin la firma. El pintor nunca llegó a tomar ese café ni a firmarlo. Se murió.
El cuadro está seco, decora la pared hoy en día. Es lo primero que veo cuando abro los ojos y al final del día, descanso mi alma observando las flores.
Las olas de nuestras vida son imprevisibles, había dificultades. Había mareas bajas tranquilas, mareas altas fuertes, tormentas que arrancaban algo importante o incluso algo secundario. El sol nos calentaba y el aire nos rompía o nos acariciaba, dependía. El día, la noche, el sol y la luna. Todo aquello se hubiera quedado así, si no fuese por una sorpresa.
Decidimos visitar hace unos días a una conocida querida que desde hace años lo lleva deseando y nos invita a su casa. Siempre se imponía algo y por fin, decidimos que es ahora o nunca. Nos vendrá bien para olvidarnos de los últimos eventos dolorosos ya que nos conocemos desde hace mucho tiempo y podemos charlar tranquilamente.
En un piso muy arreglado, con muchos cuadros, donde los pintores famosos tienen las paredes enteras, domina el cuadro de nuestro padrino, en el marco nuevo, eso sí, pero es el mismo cuadro. Nos miramos mi marido y yo, tragamos el zumo y casi nos atragantamos. Cuando nos tranquilizamos, los dos, tuvimos que preguntarle de una manera no muy directa, quién era el pintor y qué maravilloso, y qué marco tan bonito para un paisaje invernal.
-Sí,- dice la conocida,- había un marco horrible y grueso, de madera, parecía hecho por parte de un maestro poco profesional.-


Traducción a español por Marina Zrnic.

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