La vida secreta de los detalles (fotos de Thyssen-Bornemisza, Madrid) por Marina Zrnic ©

 



Hay más días que sandías, dicen. Dentro de las sandías, hay semillas. Muy profundamente en la carne rosada de la vida, se encuentran los detalles de la vida cotidiana, la única que tenemos.
La simplicidad no se aprecia y se rehúye de ella, la rechazan y la evitan. Toda la elegancia de un ser justamente se encuentra en la simplicidad de la vida cotidiana, en una cesta llena de ropa, en el pañuelo tirado encima del sofá, en una flor o en una pelea de los vecinos.


Muchas veces me acuerdo de la mujer que no está consciente de su brujería. Ella tenía cajas enteras llenas de detalles, tales como por ejemplo una corteza secada de una fruta jamás vista en el país, un pendiente del siglo XVII que había heredado de quién sabe quién, todos los tipos de hilos de colores hechos especialmente para ella en Turquía, notas con palabras mágicas, piedras y castañas. Muchas cosas más. Se le llenaban los ojos con lágrimas solo porque ella sabía y entendía que eso es lo queda detrás de ella. Esa caja repleta de detalles, y claro, los detalles que hizo ella. 
Puede ser que detrás de ella se quede una niña del vecindario que jamás olvidará cuando ésta le dio un abrazo y una vela aromática cuando la niña se cayó. Tal vez se quede el detalle del último ganso de su jardín, un ganso orgulloso y delgado, que la mujer mató una noche muy fría durante la guerra. Al cortarle la cabeza, el gallo seguía corriendo por el jardín, la nieve se volvió roja y la mujer se reía a carcajadas y después compartió la carne entre ella y una vecina muy mayor del vecindario. Seguramente quede detrás de ella el sabor a café ese agrio, a miles de cafés que yo había tomado con ella. 


Los detalles son como las escamas de los peces, babosas y huidizas. Los detalles cambian de color y brillan, exactamente como las escamas de los peces. Los detalles guardan los pulmones de las relaciones. En la oscuridad del océano, es difícil notarlos. Se esconden en un cuadro enorme en una esquina, detrás del personaje principal, en un plato, en la oscuridad de un bosque. Poco a poco, el mundo pierde el ojo para los detalles, para una pieza de encaje añadida a la manga del jersey, para un toque del cuello de la persona que quieres, un mechón que se escapa por la mañana, una mirada de agradecimiento, una fecha especial. 


Los detalles no son los detalles, si son accesibles para la mayoría. Ellos se vuelven vivos con unas pocas miradas y toques, como los amantes en una noche de verano. 
Últimamente estoy tan sola que he conseguido construir una vida aparte, solo de los detalles. Los veo en sus ojos, en el espejo manchado de la casa, en el tabaco esparcido por el suelo, en la falta de palabras.
Estando tan sola, los cuadros se hacen unas ventanas. Yo me muero durante unos minutos, me derrito y el cuadro me absorbe, me traga y me lleva a un mundo lleno de unos detalles preciosos, espantosos, feos, elaborados, coloridos, preciosos y mágicos.

En las ruinas de las casas antiguas, a menudo se encuentran los detalles. Por lo menos, los ladrillos o unos trozos de la porcelana solitarios. Los detalles solitarios son los que hacen la diferencia, incluso en las ruinas, incluso cuando solo queda una pared del castillo entero. Un caracol, una perla. Los detalles son lo que tienen las conchas. Los detalles hacen las memorias y nos hacen estar vivos. No permito que se pierdan, no permito una derrota así. Los busco, en sus ojos, en el bosque de un cuadro del siglo XIV, en un cuento de hace 600 años. Teniendo los detalles a mi lado, no estoy totalmente sola y no todo está perdido.














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