El conjuro de la semilla y el Señor Mirlo por Marina Zrnic©



En los tiempos de frío e inseguridad, lo mejor que una bruja puede hacer es flotar en sus pensamientos. Las brujas saben ralentizar sus energías y simplemente estar. Hay muchas técnicas que una bruja tiene que conocer aunque esas vienen solas, de una manera intuitiva y lenta. Vienen como el agua del mar, se acerca a tus pies y te acorrala indudablemente con su conocimiento. A veces veo el agua como se me acerca en olas purpuras y espumosas. Lo veo en las situaciones de miedo, de espanto, cuando sé que tengo que aguantar. Es el agua que proviene desde lejos, que empiezo a verlo de repente y dejo de verlo aún más de golpe. 
En los tiempos oscuros y fríos, una bruja se puede ralentizar o puede hacer un conjuro.
Hace unas semanas me dirigí hacia el bosque con un conjuro especial en mente. Era un conjuro que preparaba durante meses y ahora estaba segura que iba a explotar correctamente. Al llegar al bosque, empecé a andar rápidamente hacia el norte donde se encuentra un roble enorme,  lleno de frutos. En ese roble vive un mirlo que ayuda con los conjuros a aquellos que lo merecen.
Los mirlos son unos pájaros temperamentales y uno no puede saber nunca cómo van a reaccionar. Mi relación con los mirlos es maravillosa. Son mis amigos que me arreglan los días de tristeza, me sorprenden con los regalos y hacen tonterías para ponerme una sonrisa. Los mirlos encontraron el camino hacia mi corazón con sus picos naranjas y con sus saltos y con sus chirridos y silbidos. Son como los gatos negros pero en pájaro, no se dejan querer por todo el mundo. Ellos buscan y ellos eligen. 
La mañana era crujiente como las galletas de las sirenas. Se veían bellotas rechonchas y ricas por todos los lados y hacía frío húmedo. Caminaba por un sendero estrecho y tocaba de vez de cuando los arbustos que se encontraban a lo largo del camino. Inesperadamente, enfrente de mí, en la mitad del caminillo, se posó un mirlo. Me silbó, me susurró y entonces empezó a volar ligeramente hacia el norte y hacia el árbol. Le seguí con pasos pequeños y rápidos y empecé a murmullar el conjuro dentro de mi alma.


Al llegar al árbol, él se posó en una rama baja y con el pico cogió una bellota y me la tiró. La cogí en el aire y la colgué en el collar. Entonces, me senté debajo del árbol y le dije:
"Señor Mirlo, sé que a veces ayuda con los conjuros. Le pido ayudarme a mí también. Supongo que ya sabe qué conjuro llevo preparando mucho tiempo, lo pronuncié mientras caminábamos juntos. O sea, yo caminaba y tú volabas. Señor Mirlo, le pido por favor darme la semilla de la manzana. Es una semilla de una manzana muy roja y muy jugosa, la más bella de todas las manzanas. Si me la da, podré acabar el conjuro, aquí mismo debajo de su roble lleno de frutos, de vida y de abundancia."
El mirlo se metió en su nido y le perdí de vista. Me apoyé en el árbol y empecé a cantar:
"He visto entre los árboles, entre las hojas
tu pelo de color canela, tus pecas de color canela.
Se escapó un rayo de sol de tu hombro blanco,
las pestañas de color paja,
la voz de un mirlo en la primavera."

















Estuve así cantando durante un rato cuando cayó otra bellota
 del árbol. La cogí y la puse en el bolsillo. Miré para arriba y vi a mi amigo, el Señor Mirlo. Chirrió unas veces, se declaró y bajó enfrente de mí. En su pico llevaba la semilla. Era la semilla de la manzana más roja y más bella de todas las manzanas del mundo. Me la dejó encima de una hoja y volvió a su nido. Es cuando noté el agua en abundancia alrededor de mi cuerpo. Venía de todos los lados del bosque, llena de espuma blanca, en algún lugar más purpura, en otro más rosa, el agua que inundó mi ser. Me tiré encima de la hoja y cogí la semilla. Cavé un agujero e hice el conjuro que sellé con la ceniza. Primero bajé la ceniza al agujero y después la bellota de mi collar. Al final, le repetí a la semilla de la manzana el conjuro y también la bajé al hoyo. Lo tapé todo con la tierra húmeda del agua purpura y me levanté. En el bolsillo busqué la galleta de mantequilla, le quité el papel y la puse en la rama más baja.
"Aquí la tiene, Señor Mirlo. Aquí tiene su galleta favorita. Vendré a traer más galletas este invierno."
Al alejarme, el mirlo bajo a la rama, se posó y empezó a picar la galleta. Me siguieron los conejos, los pájaros y las ardillas. Me decían cosas, se reían, murmullaban. Yo cantaba y sonreía, ya que la semilla estaba plantada. La semilla de la manzana más roja y más bella en todo el mundo mundial.



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