La gente pequeña por Marina Zrnic©


A mí la Bruja del Norte me dijo una vez que jamás debería invitar a las hadas a mi casa. Yo no me fío de ellas, tienden a tener una naturaleza cambiante e imprevisible.
La verdad es que ni siquiera les invité a mi jardín. Como las pequeñas habían venido solas, se supone que lo mejor es dejarlas vivir fuera. No entendía por qué vinieron a vivir conmigo. Tampoco enseñé interés en su mundo y jamás las he mencionado de voz alta.
Mi jardín y mi casa son pequeños, pero perfectos. Se encuentran al final del pueblo, alejados de la carretera principal. El jardín se encuentra detrás de la casa y da a un bosque de un tamaño mediano. Es un bosque lleno de robles, pinos y encinas. Como es un bosque bastante oscuro y espeso, yo ya suponía que ellas vivían ahí, pero jamás intenté comunicarme.
Un día noté que un espejo desapareció de mi altar de madera en el jardín. No me enfadé, es muy conocido que a la gente pequeña le gustan varios tipos de objetos. Les encanta mirarse en el espejo, llevar colores y todo lo que brilla. También son muy traviesos y se ofenden fácilmente. Como jamás he visitado su mundo y ya les había visto de reojo en el jardín, sabía que sería mejor dejarles alguna ofrenda.
Una noche las dejé un cuenco morado lleno de leche con miel y al lado unos colgantes hechos de flores y una cuerda con purpurina. Me fui a dormir, pero antes de dormirme, en mi dormitorio colgué una herradura. El hierro les daña a las hadas. No fue mi intención para nada hacerles daño, pero aún así, son una gente que puede tomar venganza por algo que un humano hizo sin ni siquiera darse cuenta. 
Por la mañana me desperté con un sentimiento de tranquilidad y paz. Mi gato estaba sentado al lado de la ventana tomando el sol y me saludó como siempre.
"Les has visto?"
Me miró con una sonrisa.
Salí al salón y a la cocina, me quedé asombrada. Todo estaba ordenado; la ropa lavada estaba recogida y doblada, los platos fregados, la mesa recogida y el polvo limpiado. Al lado del fregadero encontré una taza con la bolsita de té dentro, preparada para echar agua caliente. En la terraza el cuenco morado estaba vacío y los colgantes florales ya no estaban. Preparé el té y ya sabía que esta relación iba a ser a largo plazo y que ya no podía cambiar nada. Ellas necesitan muchísimo tiempo para fiarse y suelen ser muy pesadas. Vienen y se van cuando quieren. El único dilema que tenía era que aquí se habían acomodado demasiado rápido. Además, pensé, ahora tengo que comprar una caja fuerte para mis joyas más queridas. Con esa gente en casa siempre desaparece algo.
Unas noches después, estaba sentada con mi gato en la terraza cuando de reojo vi en un arbusto unos movimientos y un brillo verde. Hice como si no notara nada, pero en mi mente oí como me llamaban por mi nombre de pila.
"¿Qué quieren, señores del Otro Mundo?"
Seguía observando de reojo. Entonces, algo extraordinario ocurrió. Primero oí el sonido de las campanillas, un sonido muy sutil, pero iba subiendo el tono gradualmente. Eran unas campanillas finas y parecían ser de un tamaño diminuto, a concluir por el ruido. 
Luego, las hojas y las ramas empezaron a temblar. De reojo noté primero algo que se parecía a una muñeca enana y fina con un pelo muy largo y de color rojizo. Al salir del arbusto, se tropezó y, como casi se cayó, las campanillas de su ser rompieron el equilibrio musical.
Se oía murmullo y ahora mi gato dio la vuelta y se fijo en la parada de las criaturas. Después de la primera hada, salieron muchas otras. Parecían gente presumida y muy glamurosa con todas las campanillas y colores. Había gente diferente, algunas con tacones, otras con hojas, algunas con falditas y otras con pantalones. La primera vez que mi gato se movió en estado de alarma, ellas se pararon y miraron directamente hacia nosotros. Yo seguía oyendo las campanillas que parecían reflejar sus emociones. 
Entonces dejé de mirar de reojo y empecé a observarlas directamente con toda mi visión. Las hadas empezaron a circular y en unos cuantos círculos de ese baile de campanillas y glamour, justo en mi jardín, salieron las setas en la forma de un círculo mágico y ellas bailaban alrededor sin cesar. No me moví de mi silla mecedora hasta que una de las hadas se acercó hasta la terraza. Entonces me levanté y me senté en las escaleras que bajan al jardín. La hada vino y se sentó a mi lado encima de una hoja. A las hadas no les gusta ensuciarse. Eso me lo mencionó la Mujer que no está consciente su brujería.
La hada que brillaba de un color rosa y tenía una expresión amable y muy dulce, sacó de su chaquetilla un objeto. Me lo ofreció en su mano pequeñita y entonces todas dejaron de bailar y el tintineo paró, el murmullo y el canto cesaron. Me fijé. El objeto que ella tenía en la mano era nada más y ni nada menos que el medallón de mi abuela, La Extraña. Ese medallón desapareció de su mesa una noche de otoño hace veinte años. Yo entonces era una niña y por la mañana del día siguiente, mi abuela me dijo en la cocina que su medallón no se encontraba en su sitio y que ella estaba segura que teníamos hadas viviendo en la casa. Claro, eso lo dijo de voz muy baja en mi oído, ya que es conocido que las hadas se enfadan si les llamas "hadas" de una manera tan abierta. 
Como sé que nunca se puede coger nada de ellos sin devolver el favor, cogí unos hilos de la mesa, una vela y unas galletas de té y lo puse todo encima de las hojas en la escalera, enfrente del hada. Ella sonrió y yo cogí suavemente el medallón de su mano.
La hada y todo el círculo corrieron hacia los objetos con un tintineo simplemente adorable de las campanillas, cogieron todos los objetos y desaparecieron en el arbusto. El tintineo se perdió, los colores se apagaron y me quedé sola. El gato salto del árbol y se tumbo a mi lado.
En mi mano se encontraba el medallón que vi hace más de veinte años atrás. Era un medallón de plata muy gruesa y antigua con una ortiga tallada en la puertecilla. Al abrir el medallón, me cayó en la mano un objeto y un poco de pelo rubio. El pelo indudablemente era mío, pero el objeto me era desconocido. Parecía una bola minúscula de algún cristal clarísimo y transparente y dentro de ella se veía un conjuro. Era un legado para mí. Lo único que no sabía si mi abuela mintió. Puede que les haya entregado el objeto a las hadas para conservarlo y entregármelo a mí veinte años después. Puede que esta vez, las hadas realmente no fueron traviesas.




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