Boki y Mina, un cuento escrito por Marina Zrnic©

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I

Desde hoy todo será diferente porque cuando viene Boki, el sistema y los valores del sistema cambian drásticamente. Es muy difícil de explicarlo, pero los días tienen más volumen con Boki y todo obtiene un reflejo sombrío, más emocionante. No solo es una amiga. Boki para mi es la esencia del verano.
Durante estos días del principio de verano, el gato ha perdido todo su interés y se mueve lentamente por el jardín, moviendo la cola de un lado a otro. Es un gato muy macho y muy territorial, pero nos llevamos muy bien. Muchas mañanas le llevo algo de comida robada, aunque mis padres se enfadan. Dicen que le damos demasiada comida y que de esa manera no irá a por los ratones. Pero eso no es verdad.
Cada mañana, a las 6:00 de la mañana más o menos, él maúlla enfrente de la puerta principal de la casa de mis abuelos. La residencia de mis abuelos se despierta muy pronto. Como mi casa está compuesta por dos casas que se encuentran una al lado de la otra en un jardín bastante salvaje, el gato calcula dónde ganaría más con ese ratón y al final, siempre se decide por la casa de mis abuelos.
Sobre las 5:15, 5:30 se levantan mis abuelos. El abuelo se asea durante mucho rato en un baño alargado con unos azulejos azules y blancos en el suelo y una bañera muy anticuada y grande. Yo normalmente me despierto con mi abuelo y estoy en la puerta del baño, observando minuciosamente como se afeita.
Mi abuelo es altísimo y se mueve lentamente y de una manera elegante. Siempre huele muy bien. Normalmente tiene la cara grasienta porque se da muchas cremas y bálsamos después de afeitarse. Es un hombre en el que destacan los ojos, más que nada. Tiene unos ojos muy grandes y quietos, llenos de cariño. El gato le quiere a mi abuelo más que nadie, incluso más que a mí. Ellos dos tienen una relación diferente y fuerte. Mi abuelo dice que nunca hemos tenido un gato tan inteligente y guapo. Se llama Charli y es de color naranja. Charli sabe a qué hora se afeita mi abuelo y espera. Maúlla sólo de vez en cuando.
Mi abuelo suele abrir la doble puerta de la cocina a las 6 de la mañana. Esas dos puertas son la entrada principal desde el jardín a su casa. Una puerta es de madera, otra es de madera y cristal. Entre estas dos hay una tercera puerta de verano, que es una simple mosquitera. Es un lío total de las puertas. Así siempre está todo en esa casa, un lío total y en cada esquina se encuentra alguna llave de alguna puerta que luego nadie sabe dónde está. Cada mañana, nuestro Charli trae un ratón y lo deja a los pies de mi abuelo. Mi abuelo le da mimos en la cabeza y un cuenco de leche o algún trozo de carne que guardó desde ayer. Entonces, coge al ratoncillo con unas pinzas por la cola y lo lleva al jardín para tirarlo a un cubo de basura. Aunque no lo mencionamos nunca, yo sé que el ratón está muerto y no tengo ningún problema con eso. Hay días cuando entiendo muy bien todo el concepto de la muerte y hay días que no. Lo que está claro, según le oí a mi abuelo decir, que el ratón no volverá. Yo le creo todo a mi abuelo y no hay ninguna duda que es un hombre muy sabio.
Mi abuelo tiene muchos libros y demasiados objetos esparcidos por toda la casa. Cuando todo el mundo se echa la siesta por la tarde, me siento libre a ir e investigar por toda la casa. En su despacho hay libros en otros idiomas. No sé dónde los hablan ni cómo suenan. Mi abuelo dice que sabe leer en francés, por ejemplo. A veces me dice alguna frase en francés y no me gusta nada. No solo es que no entiendo nada. Lo que más me inquieta es que no se parece a mi abuelo cuando habla en algún otro idioma. Entonces me meto en su regazo y hundo mi cabeza en su pecho generoso y me callo. No quiero que cambie nunca mi abuelo. Es uno de los miedos que tengo.
Las dos casas están pegadas una a la otra y son muy antiguas. Dice mi abuelo que son del año 1932. No entiendo cuánto de lejos es ese año del año en el que nos encontramos. Yo no sé calcular y no me interesa para nada aprenderlo.
Las dos casas están unidas por un jardín donde crecen varios tipos de arbustos, girasoles, lirios de los valles, cactus y adelfas de color blanco y rosa. Mi abuelo plantó una palmera en la mitad de todo el caos y la verdad que la palmera también se enseñó bien, aunque no creció más que un arbusto normal, pero tenía su fruto. En el invierno, lo tapan con la paja de maíz y así no se muere si hace mucho frío. Claro, a mí la paja de maíz no me parece que da calor cuando hay nieve, pero le oí a Deva decir que las plantas son unas criaturas raras. No entiendo por qué dice que las plantas son criaturas, pero ella siempre habla de una manera muy extraña.
La casa de mis abuelos tiene una cocina con su trastero aparte. Al salir de la cocina, se pasa por un pasillo muy largo que une el baño y las cuatro habitaciones. El baño se encuentra a la derecha, al fondo del pasillo. El despacho de mi abuelo se encuentra en el otro extremo del pasillo, a la izquierda. Allí también se encuentra un pasillo que sale a la calle. Las otras tres habitaciones se encuentran todas una al lado de la otra. Desde la izquierda de la cocina se empieza con el dormitorio de mis abuelos, en el centro se encuentra el salón y al final, está la habitación donde ahora mismo está mi tía.
En toda la casa reinan las cosas que ocupan cada rincón de la casa. Me encanta el hecho de poder encontrar cada día algo que nunca antes había visto. Es simplemente mágico y siempre se puede encontrar algún sitio para hacer la investigación de los misterios. De todas las habitaciones de la casa, únicamente el despacho de mi abuelo da al jardín. Las otras tres habitaciones miran a la calle.
Yo aún me acuerdo que en ese mismo despacho estuvo la cama mi bisabuela Nana. Nana no hablaba mucho y normalmente se hallaba en la cama y miraba al techo. Me pasaba muchas horas al lado de ella. No me acuerdo exactamente qué le decía, pero sí me acuerdo que pasaba cada día mucho tiempo al lado de ella y le contaba cuentos. No parecía aburrirse, incluso creo que le tranquilizaba tener a alguien a su lado. Nana era delgada, llevaba vestidos blancos de noche y tenía un nido de pelo blanco en su cabeza, algo realmente magnífico. Nana era tranquila y muy buena. Ahora ya no está y mi abuelo me había explicado que ya no iba a volver. Eso no es cierto porque yo a veces la veo en el pasillo de la casa de mis abuelos con su nido en la cabeza. Se da paseos por el pasillo y a veces se queda mirándome durante un rato. Siempre cuando la veo, en la mano tiene un laurel que lo tira al suelo y después se da la vuelta y desaparece en el pasillo. Normalmente recojo el laurel y lo entierro en el jardín.
Diagonalmente de mi casa se encuentra la casa de María, la abuela de Boki. Es una casa enorme, de color amarillo oscuro, con un jardín verde. La abuela María vive sola en casa con Jenny, su perra muy vieja, que ve mal y se mueve torpemente por el jardín espantosamente lleno de hiedra y musgo. En la casa de María también hay muchas habitaciones y los techos son aún más altos que en nuestra casa.
Hoy me dijeron mis padres que llega Boki. Eso significa varias cosas. Al principio significa que oficialmente comienza el verano y que ya no tengo que ir al cole. Significa también que Boki se queda mucho tiempo y que mi vida a partir de ahora será totalmente diferente ya que ella siempre trae consigo un mundo y unos juguetes nunca antes vistos. Boki dice que su padre a veces va a Francia y de ahí le trae unos caballos maravillosos de todos los colores. Y muchas cosas más. En Francia hablan francés, como me lo explicó mi abuelo. A mí no me parece interesante Francia, pero tengo que admitir que tienen unos juguetes verdaderamente excepcionales.
Boki está obsesionada con los caballos. Tiene caballos juguetes, camisetas con los dibujos de caballos y me dice que en su casa, ella y su hermana, tienen muchos pósteres de los caballos.
Ahora que sé que viene Boki, significa que voy a salir de mi casa prácticamente cuando quiera. Mis padres y mis abuelos por lo visto creen que no existe ningún peligro para nosotras dos si vamos juntas. La llegada de Boki significa que habrá muchas inquietudes y muchos momentos difíciles, cuando me tendré que enseñar como si fuera de su edad. Ella es un año mayor que yo y eso supone que tiene más experiencia y conocimiento. A veces no entiendo que me quiere decir y entonces siempre muevo la cabeza y me callo.
Mi abuela es amiga o prima de la abuela María. No entiendo bien cómo están relacionadas, pero no me parece que se quieran mucho. Eso no es nada raro, ya que mi abuela es así. Hay poca gente que le pueda decir nada. Sin embargo, se visitan bastante. Más que nada en verano. El verano es una época muy ajetreada para todos. Ellos no entienden cuánto cambia todo para mí con la llegada de Boki. Hoy mi abuela me dijo que llegarían sobre las dos, justo para comer con la abuela María. No estoy segura qué hora puede ser ahora, pero tiene que ser muy muy pronto por la mañana. En la pared encuentro una araña y con eso decido irme con Charli para dentro. Estoy un poco molesta porque mi padre me había cortado el pelo hace poco. Seguro que Boki lo tiene muy largo, atado en una cola y que dirá algo cuando me vea con el pelo justo debajo de las orejas. Lo único bueno es que llevo unos flequillos. Los flequillos se aprecian y de eso no podrá decir nada.
Quedan muchas horas hasta la comida. Me voy con mi abuelo a ver sus colmenas de abejas. Es algo que no me puedo perder, aunque venga Boki un poco antes de las dos.

II


Ir con mi abuelo a ver las colmenas de abejas significa mucho movimiento y calor. Tenemos que llevar unos sombreros enormes de paja con una especie de mosquitera cosida en los bordes de los sombreros. Las mosquiteras nos tapan enteros, todo hasta el suelo y de esa manera las abejas no nos pican. Es un poco liante llevarlas si mi abuelo a veces ni las pone y dice que las abejas no le han picado jamás en la vida. A él no, pero a mi abuela sí, ya muchas veces. Eso me hace pensar que las abejas van sólo a por las mujeres de nuestra casa. Por el otro lado, a mi abuela le han pasado demasiadas desgracias que no les pasan a otras abuelas que conozco. Una vez se cayó de las escaleras mientras recogía las cerezas de un árbol aquí, en una huerta que tenemos a las afueras del pueblo. En otra ocasión, nos caímos las dos de su bicicleta enorme cuando volvía conmigo de la guardería. Una noche se cayó de las escaleras yendo al sótano a coger unas patatas. Me dijo mi padre que en ese momento le tenía a él en la barriga.
La desgracia más grande para mí ocurrió una tarde cuando nos preparaba el pescado frito. Mi abuela se pone demasiado nerviosa cuando cocina, parece que le sobrepasa controlar dos fuegos, lavar platos, organizar la vajilla y todo demás. Le ayuda Deva, que está en nuestra casa desde hace más de 20 años. Deva siempre va de ropa oscura y tiene el pelo rizado y corto. Es muy baja y tiene las manos llenas de heridas. Mi abuela dice que ella no tiene el colegio acabado, aunque yo no me lo creo, eso no es posible. Creo que todo el mundo tiene el colegio. Deva le ayuda en la casa desde que mi padre era como yo o más pequeño que yo o más grande que yo, no lo sé. Ella cuidó de mi padre y de mi tía cuando mis abuelos iban a trabajar y ellos dos eran pequeños.
No sé cómo se aguantaron una a la otra durante tantísimo tiempo. En la cocina hacen una explosión de ruido, ajetreo, platos rotos, palabrotas y gritos. Siempre parecen enfadadas y muy emocionadas. Deva se calla más, pero cuando mi abuela se aleja, me dice que es una mujer insoportable y caótica. Deva tiene poderes y sabe mucho de la magia y a veces me lo cuenta. No entiendo de dónde viene, pero por lo visto es un sitio donde la magia es algo de la vida cotidiana. A veces escupe tres veces al fuego del horno y se le quita algún herpes de la boca. Deva se explica con unas imágenes que en mi despiertan deseo de dormir, que es muy extraño ya que yo no quiero dormir nunca. Dice que sabe cómo meter la gente rápidamente en el mundo de los sueños. Yo me le creo, eso está claro.
Ese día fue horrible, cuando mi abuela preparaba el pescado frito en el aceite. Como siempre, se aceleró mucho alrededor del fuego y yo me encontraba al lado de ella. El aceite salta mucho, lo he visto muchas veces porque cuando mi abuela fríe algo, todo está muy sucio. Ese día el aceite decidió saltar de nuevo y se posó en mi cabeza que me hizo una herida sería y me acuerdo que lloré mucho. Mi abuelo se enfadó demasiado con mi abuela y le grito durante mucho rato. Ahora ya no me crece el pelo en ese sitio. Por eso, cuando viene Boki, normalmente le digo a mi mamá ponerme una cola para que Boki no lo pueda ver.
Cuando voy con mi abuelo al huerto a las afueras del pueblo, normalmente vamos en su coche azul, Renault 4. Antes tenía un Renault 4 rojo y mucho más antes, según lo que me contó, un Renault 4 blanco. Es un coche rapidísimo y bonito y huele a huerto y abejas y miel y jalea real. Mi abuelo lo conduce de una manera elegante, como todo lo que hace. Cuando vamos al huerto, pasamos por una calle de mi pueblo que tiene árboles altísimos a la izquierda y a la derecha a lo largo de toda la carretera. Las copas de los árboles son espesas y se unen encima de la carretera tanto que no se ve el cielo. Es agradable viajar en el coche por ahí porque hay sombra. Además, siempre pienso que es una calle que les gustaría a los chicos de Los Cinco que es un libro que me leen a menudo.
Nuestro huerto tiene la forma alargada y tiene una casita de madera en el centro de la trayectoria. Al lado de la casa crecen dos cerezos y a veces mi abuelo me sube al tejado porque de ahí se pueden coger bien. En la casa se encuentra una cama y una estantería y un montón de herramientas que usa mi abuelo para arreglar cosas. También, al lado de la casita hay un trastero pequeñísimo que tiene otro montón de herramientas. En la casita hay un cráneo de vaca con los cuernos. Es una de las cosas que no entiendo ya que en el jardín de nuestras casas hay otros dos cráneos de vacas. Encima, una se encuentra colgada en un sitio muy misterioso, en las escaleras altísimas que llevan a la buhardilla más misteriosa y más fantástica que jamás he visto.
Por lo visto las abejas tienen un sitio especial en el corazón de mi abuelo. Les visita mucho y no le da miedo poner la mano en las colmenas. Le he visto y oído varias veces hablándoles directamente y susurrando los nombres, supongo de las abejas.
Mi abuelo es un hombre extraño y sabe todo que se puede saber de los pájaros, mariposas, abejas, animales, piedras y mapas. Además, no sé dónde aprendió, pero sabe de la electricidad y cables. Una vez me hizo una bombilla en un trozo de madera con un interruptor, ¡funcionó de verdad! Mi padre le mencionó a mi mamá que toda la electricidad de la casa la hizo mi abuelo con los trozos de los cables sueltos que unió. Nadie sabe dónde lo aprendió.
Mi abuelo me da a veces una lata de gasolina y me mete en la patata, para recoger los coleópteros de la planta. Los tiro en la lata y miro como se mueren. Son unos bichos feísimos, con unas antenas largas y unas rayas blancas y negras y una cabeza de color naranja. Ponen larvas de color naranja. Las larvas son en realidad unos bebés de los coleópteros que crecen en la hoja de nuestra patata, me lo contó mi abuelo.
Tenemos dos pozos en dos puntos diferentes del huerto y una manga larguísima que encaja bien en el grifo del pozo y así se riegan las plantas. Claro, eso se hace cuando lo decide mi abuelo o mi papá. Ellos saben cuándo las plantas tienen sed.
Tenemos unos vecinos, al lado de nuestra casita en el huerto. Su casa es blanca y no es de madera. Es una casa normal. A veces les espío, siempre imaginando que el dueño de la casa es malo y que esconde un secreto grave. Creo que puedo ser detective cuando me haga mayor. Puedo ser también profesora de inglés, me gustaría hablar bien inglés. En el cole damos clases de inglés. Me gusta inglés, pero no me gusta dar la clase cuando todo el mundo sale de recreo. Mi profesora de inglés lleva gafas grandes y se ríe mucho y nos hace aprender canciones en inglés. Una de mis favoritas es London Bridge is Falling Down. La sé de memoria y es super interesante cuando hacemos como que se cae el puente y pasamos por debajo de los brazos de otros niños de la clase.
Ir a la huerta no siempre es alegría. Hay días cuando no me apetece y eso pasa normalmente cuando Boki está. Cuando está Boki, quiero estar con ella todo el día y usar cada momento para jugar con ella. Hoy ya siento que quiero irme de la huerta, quiero irme a casa y sentarme en la ventana para ver bien la casa de la abuela María y saber cuando llegue Boki con su familia.
Mi abuelo lo sabe y decide ir antes a casa hoy, con la excusa que hace calor. Pero yo sé que él no tiene calor y que le encanta estar en el sol. Mi abuelo me entiende.

III


He visto el coche aparcando enfrente de la casa de la abuela María. Del coche sale Boki, su hermana y sus padres. Ya lo sabía, lo supuse. Boki tiene el pelo muy largo, recogido en una cola. Su hermana lo tiene aún más largo y recogido en un moño. Su hermana es bellísima. Las dos son muy morenas y tienen los ojos grandes y oscuros. Su hermana, Sara, es mayor que Boki y es bailarina. Habla francés y tiene la voz llena de campanillas. Sara piensa que yo soy muy pequeña, pero a veces cuando se aburre, viene a jugar con Boki y conmigo.
Salgo corriendo y detrás de mi va mamá, diciéndome que no corra tanto. Al presentarme ahí, Boki simplemente exclama: “Mina!”
No es más alta que yo y las dos somos bastante fuertes. Boki lleva una diadema, además de una cola. Lleva unos pantalones azules y una camiseta blanca. En la mano tiene un caballo marrón, con una cola larguísima de pelos. Boki pasa con el caballo galopeando por el coche.
“A dónde se habrá metido Jenny?”
Ya vamos corriendo al jardín de su abuela, que tiene los ojos negros como dos botones. El jardín es exactamente como me acuerdo del año pasado, lleno de plantas que se parecen una red extendida por el suelo. Normalmente debajo de las raíces, se encuentran objetos olvidados que nos esperan desde el año pasado.
Boki entra por la terraza en la casa, me lleva de la mano. Su padre entra con las maletas hasta una de las habitaciones. Ella abre la cremallera de su maleta. Sus cosas siempre están perfectamente ordenadas y dobladas y huelen a limpio. Hacemos lo de siempre. Yo me siento en la cama y ella se hace la ocupada, saca la ropa y la coloca en la mesa. Nunca le pregunto por qué no lo coloca en un armario. Al ordenar la ropa, saca la maleta con los juguetes. Esa es la parte más interesante. Tiene dos tipos de juguetes. Unos son para la piscina. Otros son los caballos, cuadernos y bolis.
Boki es mayor que yo y desde ahora tengo que cuidar como hablo.
Con Boki, su familia y la mía paso días, semanas, meses en la piscina. Boki sabe nadar mejor que yo, incluso sabe bucear sin mantener la nariz taponada. Sin embargo, las dos tenemos el permiso de entrar a la piscina olímpica que es muy profunda. El reto normalmente consiste en bucear y conseguir sentarse en el suelo y mantenerse así unos segundos. Normalmente lo conseguimos las dos, lo único que Boki nada con más gracia y tiene el pelo largo que flota alrededor de ella. Nuestro dibujo favorito es La Sirenita. Cada verano lo vemos millones de veces en mi casa porque sólo ahí tenemos el VHS. Yo tengo todos los dibujos de Disney porque mi tía tiene un video club y me regala cada poco una cinta de video. Claro, hemos visto todos los dibujos también juntas, pero ninguno es tan importante como La Sirenita. Incluso Sara está obsesionada con la Sirenita. Cuando estamos en la piscina, obligatoriamente jugamos a ser la Sirenita y salimos del agua tirando los pelos por todos los lados. Boki tiene el pelo largo, por eso sale muy parecida a la Sirenita. Yo tengo el pelo corto y rubio. Sin embargo, tengo los ojos claros, a veces verdes y a veces azules, que es más parecido a la Sirenita que Boki con sus ojos oscuros. Ninguna gana con el color del pelo, no tenemos el pelo rojo.
En mi ciudad hay cortes de luz cada poco. Tenemos un ritual totalmente desarrollado para esa situación ya que lo dibujos no se pueden ver sin la luz. Es un ritual para llamar la luz. Sara dice que lo vio de los indígenas de América. Lo más importante es que estemos las tres juntas en la misma habitación. Todo el mundo sabe que el número tres es un número mágico y poderoso. Nos ponemos en un círculo, nos cogemos de manos, cerramos los ojos y repetimos:
“La luz vuelve a esta casa, la luz vuelve a esta calle. Cada una de las tres sabe que es un cable.”
Eso del cable lo inventé yo sabiendo que la electricidad la instaló mi abuelo en las dos casas y eso nos daba los poderes especiales. Normalmente la luz vuelve con este ritual y seguimos viendo el dibujo. Sabemos todas las frases de memoria de La Sirenita.

IV


La buhardilla de mi casa es un sitio de los más especiales que nos une a Boki y a mí. La buhardilla realmente da miedo y ahí no me atrevo a ir sin ella, ni ella se atreve a subir sola sin mí. En las situaciones extremas estamos unidas y no se nota para nada que ella es mayor que yo.
La buhardilla se extiende por todos los lados de la casa, tiene su propia vida y su propia voz. Si subimos, subimos con mucho respeto. Allí no hay bromitas ni sonrisas ni risillas.
Hay unas puertas muy antiguas que primero hay que abrir muy despacio porque chirrían demasiado y de esa manera nos podemos delatar. La subida a la buhardilla de mi casa está prohibida. Eso no significa nada, Boki y yo tenemos un pacto que dice que donde más miedo nos da ir, iremos primero ahí. Las dos. Nada de eso que una espera mientras que la otra va y ese tipo de cosas.
El primer susto siempre está al principio. Tenemos que meternos rápidamente para dentro, sentarnos en las escaleras de madera que suben directamente hasta la buhardilla y cerrar las puertas detrás, para que nadie se diera cuenta que nos fuimos para arriba. En las escaleras hay poca luz que llega del techo de tres o cuatro tejas que cambió alguien y puso unas transparentes. Puede ser que incluso lo hizo el señor ese alemán que construyó la casa.
Después de ese primer paso, tenemos que respirar un poco y escuchar si viene alguien y si nos habían descubierto. No se puede admitir que estamos respirando profundamente porque estamos asustadas. Luego vamos una detrás de la otra subiendo por las escaleras llenas de un polvo muy muy muy fino y de color marrón oscuro. Las escaleras son empinadas tanto que a veces me pregunto cómo no nos caemos para atrás. Dice mi abuelo que así se hacían antes las escaleras, para que los niños no pudieran subir. Seguro que sí, pero aun así se puede subir hasta la buhardilla.
Hay muchos hechos extraordinarios en esa buhardilla. Por ejemplo, las capas de ese polvo marrón oscuro en el suelo. ¿De dónde vino ese polvo? No lo hay en ninguna otra parte de mi casa.
Hay una regla entre nosotras dos. Eres el líder de la investigación si la investigación se desarrolla en tu casa. Entonces, vas primero y tomas más riesgo. En la casa de la abuela de Boki, ella nos lleva y me enseña todo. Claro, en mi casa quedo siempre peor porque en mi casa uno nunca sabe qué puede encontrar y qué puede saltar por aquí. Mi casa es mucho más misteriosa por dentro mientras que la de su abuela es más misteriosa por fuera, en el jardín y en los trasteros.
En la buhardilla hay varias habitaciones y apartados, barreras en el suelo, muebles de mi bisabuela, columnas con una decoración rara, baúles, bicicletas de mi bisabuelo, fotos de hace 100 años, libros de hace mil años, ropa, cajas de madera, armarios, plantas secas, pájaros disecados con ojos de plástico… La habitación que más miedo nos da es desde la que se ve la casa de la abuela de Boki, en el otro lado de la calle. Allí hay un carrito de bebé con unas ruedas enormes, todo hecho de madera. Nunca habíamos visto un carrito así antes.
“Tiene que tener por lo menos cien años”, dice Boki.
“O más. Esta casa lleva aquí desde 1932,” respondo con seguridad.
“Entramos donde el carrito?”, pregunta Boki.
No sé qué puedo responder. Dentro hay un baúl aterrador, con las cosas de mi bisabuela: plantas secas, pañuelos con iniciales, notas, fotos con las caras que se me graban en la mente. Hay un muñeco que ni me atrevo tocar…
“Creo que es mejor ir hasta la esquina oscura.”
“Crees que podemos encontrar algo ahí?”
“Boki, siempre encontramos algo ahí. Pero no puede ser pesado.”
La esquina oscura está en la otra punta de la buhardilla y hay que atravesar varias partes, incluso pasar entre las dos paredes demasiado estrechas que nos cortan la vista por unos momentos. Después de pasar entre las dos paredes, hay que pasar al lado de más baúles y unos armarios medio abiertos que no nos atrevemos abrir totalmente.
En la esquina oscura, Boki para, me suelta la mano y dice:
“Hay algo aquí. Son unos ángeles.”
Me asusto tanto que tengo ganas de llorar, pero me sostengo. Algo así me marcaría para siempre.
En esa maldita esquina hay una torre de cosas y no se ve nada y siempre parece que hay alguien en la sombra.
Boki mete la mano entre todo lo que hay, saca algo y se echa a correr y yo detrás de ella. Ya estamos sin el aire, asustadas, polvorientas. Llegamos hasta las escaleras. Ahí no podemos correr porque es demasiado empinado, hay que bajar despacio. No consigo ver lo que Boki tiene en la mano, me muero por saberlo ya, pero hay que salir de aquí, hay que escaparse. Además, hay que escaparse sin ser visto al salir de las escaleras de la buhardilla.
La operación sale perfectamente. Salimos de las escaleras y cerramos la puerta justo antes de que venga mi padre con algunas cajas de leña, yendo para el garaje.
“¿Mina, Boki? ¿Qué hacéis ahí?”
“Nada.”
No le despertamos ninguna duda, aunque estamos totalmente untadas en el polvo espeso de la buhardilla.
Boki sale corriendo de mi casa y yo detrás de ella. Vamos corriendo a la casa de su abuela, hasta nuestro escondite, al fondo del jardín, en un trastero. Eso lo llamamos “Casa segura”, aunque no tiene nada de seguro dentro, menos unas escobas, una mesa de madera y unas sillas que trajo Boki. Nos sentamos. Estoy enfadada porque ella fue el líder en mi casa, pero ya es tarde y no se puede decir nada.
Boki saca del bolsillo algo inesperadamente misterioso y mágico: un tiesto enano con dos cabezas de niños ángeles saliendo. Puede ser un tiesto enano, si la planta es como mi dedo pequeño. También, puede ser algo para los pendientes o anillos. Boki me lo entrega. No me lo esperaba, pensaba que se lo iba a quedar. Al final y al cabo, ella se atrevió sacarlo de ahí.
“Si estás de acuerdo, podemos hacer un tesoro en mi jardín y enterrarlo debajo de la yedra. Ahí nunca nadie lo encontrará, solo tú y yo dentro de muchos años.”
Me encanta la idea. Decidimos ir guardando el tesoro en una caja vieja de madera y enterrarla antes de que se vaya Boki de vuelta a Belgrado, al final de verano.

V


Hay días cuando Boki y yo cogemos la bici y vamos al lago. Esas escapadas también son ilegales y requieren mucha preparación. Siempre tenemos que inventar la razón por la que vamos en la bici. Entonces, normalmente decimos que nos vamos al mercadillo a comprar los chuches en la tienda estrambótica del señor Bigote.
El señor Bigote tiene una tienda dentro del mercadillo que se parece a una caja de gato. Es tan pequeña que a veces le llamamos La Caja de Elfo. El señor Bigote lleva unos bigotes extraordinarios y largos, de un color increíblemente oscuro. Boki está segura que él tiñe los bigotes con un tinte de bigotes. Le pregunté a mi padre si eso existe, ya que mi papá también lleva bigote. Dice no haber oído jamás de un tinte de bigotes. En cambio, el padre de Boki va a menudo a Francia, puede que allí exista un líquido así.
El señor Bigote siempre está sentado enfrente de su tienda, en una silla de tijera enana, de niños. Está acurrucado y, de alguna manera, resplandeciente. Se podría decir que es un hombre muy feliz y que nos espera a todos en su caja de chuches un poco emocionado.
En la tienda tiene todo lo que se pueda clasificar como el chuche, gominola, caramelo, chupachups, chocolatina, caramelo blando. Dentro te mareas de los colores, de los olores dulces y de las ganas de comerlo todo. Pueden encajar solo dos niños en la tienda o una persona mayor, excluyendo al señor Bigote porque él se pone detrás de la barra. Le conté a Boki lo que me había contado mi abuela, que él tiene la edad de mi abuela y que lleva 30 años con esa tienda. Además, nació en esa tienda, por lo visto, porque a su madre no le dio tiempo llegar al hospital, incluso ni le dio tiempo salir de la tienda. Nació con muchas ganas de chuches.
El único problema es que tienes que saber muy bien qué chuches están de moda ya que esos son frescos. Si pides algunos raros, pueden ser tan duros que mi abuela dice que los tiene de la época de su nacimiento.
Por alguna extraña razón, nuestras familias piensan que no corremos ningún tipo de riesgo si vamos en bici hasta el mercadillo, a la tienda de chuches. Lo ven perfectamente normal y común, no miran la hora cuando salimos ni nos dicen cuando tenemos que volver.
Normalmente lo mencionamos en nuestras casas la noche antes de partir. Pedimos también un poco de dinero y escondemos cada una un botellín de agua para el viaje.
Salimos muy pronto, en cuanto nos despertamos. Ponemos los caballos y el agua en las cestas delanteras en la bici y salimos rápidamente. A veces simulamos ir hacia el mercadillo y luego giramos a la derecha, hacia el lago. A veces ni nos molestamos. Los mayores siempre están ocupados y tienen muchos quehaceres si no trabajan.
El lago es un sitio mágico, de hadas y elfos y setas salvajes, tortugas de agua, juncos altísimos y patitos. Es un lago grande, salvaje, dejado. Se oye desde lejos por el coro de las ranas y grillos. Vuelan por ahí las mariposas, blancas y amarillas. Es un lago donde el tiempo no existe, nadie importa y donde el verano para mí no acaba jamás. Es nuestro verano, con la imaginación de Boki y mis ganas de seguirle. Aquí el sol quema con toda su fuerza y te puedes siempre esconder en el junco, si alguien viene, que rara vez pasa.
A mí me encanta saber que no deberíamos estar ahí, que lo tenemos prohibido. Por el otro lado, a Boki se le olvida eso en cuanto sale de su casa o de la mía. Ella se mete tanto en el juego con los caballos que no se acuerda ni en qué pueblo está. Yo no lo consigo eso, aunque juego con ella todos los juegos de caballos.
Hay un juego que le obsesiona en especial. Entre todos los caballos juguetes que tiene, hay uno que es su favorito. Es un caballo suave, aterciopelado, de color marrón y con la cola y orejas negros. De verdad es diferente del resto de los caballos, porque tiene la mirada distinta. Yo siempre elijo uno totalmente negro, que además parece ser el caballo más fuerte de toda la manada que tiene. El suyo se llama Babi. El mío se llama Embrujo y ese nombre le di yo, pero no estoy segura si ella lo usa cuando no está conmigo.
El juego lo inventó Boki y las reglas son estrictas. Las dos tenemos que ir galopeando por la mitad del lago por una franja de asfalto estrecha, una al lado de la otra y la primera que llega al final de la franja esconde su caballo mientras que la otra espera sola en el otro lado del lago, para no ver donde se ha escondido el caballo. Luego la otra tiene que buscar el caballo sin ninguna asistencia y no nos podemos ir del lago hasta que lo encuentre.
Mientras que corrimos por la franja, yo tengo demasiado miedo de caerme al agua. El agua del lago es asquerosa, negra, llena de plantas verdes y babosas y ranas y peces enormes. Yo sé que de ahí no me salvo. Sin embargo, Boki no enseña ningún miedo en la cara. Varias veces me había ganado y corrió más rápido hasta el final, pero yo también he ganado muchas veces y he aprendido fingir que no tengo miedo. El desafío aún más grande está en encontrar rápidamente el caballo en un lago enorme porque a veces pasan horas en la búsqueda de Babi o Embrujo y al final, al llegar a casa incluso nos pegan por perdernos tanto tiempo quién sabe por dónde.
Un día me tocó a mi buscar al Babi y no lo pude encontrar de ninguna manera. Pasó mucho tiempo y empezó a anochecer. Tenía mucha hambre y calor y quería irme a casa, pero Boki insistía en las reglas.
“¿Alguna vez me habías ayudado tú a mí? Ya sabes las reglas del Busca al caballo, te lo he dicho muchas veces.”
Me miró con esa mirada suya diciendo: “No seas tan cría” y se dio la vuelta a jugar con los caballos, mojando al caballo gris en el lago y hablando con los juguetes.
Seguí buscando hasta que ya no veía nada. Me asusté mucho y despacio volví al sitio donde le dejé a Boki. A mi asombro, ella no se encontraba ahí. Ni ella ni los caballos.
Esa noche, cuando volví a casa, mi madre estaba histérica y mi padre me metió dos bofetadas. Me fui corriendo por el jardín a la casa de mi abuelo y me quedé con ellos durmiendo. Les conté todo y mi abuela me dijo:
“Ya ves que amiga y que prima tienes tú. Piénsalo bien si quieres seguir siendo su amiga.”
Esa noche no pude dormirme y me pegué a mi abuelo todo lo que pude y supe que él estaría siempre ahí, pase lo que pase conmigo y con Boki. Era un hombre hecho de miel.

VI


Mi abuela es una mujer que no se deja comprender fácilmente. Yo a veces le quiero mucho y a veces le riño. A veces me parece que hay un universo en su mente, donde ella desaparece para descansar de su trabajo, de las cazuelas y de Deva, de la bici enorme de la que se cae a menudo, de los papeleos, documentos y juicios, de todas las cosas de la casa.
De vez en cuando me parece una mujer muy peculiar. Por ejemplo, pone las gomas elásticas que unen las cebollas del mercadillo en los dedos y las lleva así, como los anillos. A mi abuelo le vuelve loco porque lleva todos los papeles del trabajo en las bolsas de compra. Aún más le enfada ver que guarda los papeles importantes de la casa esparcidos por toda la casa, en bolsas, cajones, armarios y al final, nunca los puede encontrar. Creo que ella no se puede organizar en el sentido que le pide mi padre o mi abuelo, pero sí se organiza en su sentido. Dentro del caos que crea, ella trabaja, cocina, duerme, tiene los animales y cuida de mí.
Le gustan mucho nuestros gatos, nuestros perros y la nata montada de chocolate. Es algo que solo ella y yo hacemos cuando me pongo a llorar o estoy triste. Hacemos una nata de chocolate y la comemos a cucharas. También, hacemos crepes en formas de animales. En esas ocasiones, me deja asistir y preparar la masa de las crepes y mirar como las hace en la sartén. A veces me hace unos bollos esponjosos en el aceite que luego untamos con mermelada.
Le encanta apoyarme cuando me rebelo y no quiero poner la ropa que preparó mi mamá para el cole. Ella me apoya y el abuelo me apoya, siempre diciéndome:
“Tú eliges la ropa que te pones.”
En realidad, ellos entienden bien mi rebeldía, lo único que mi abuela lo entiende mucho mejor. Solo porque ella lo hace todo a su manera.
De igual forma, mi abuela odia a su manera. Y odia fuertemente. Siempre ríe mi abuelo cuando me dice:
“Tenemos que evitar que tu abuela nos odie. Todos a los que ella odia, acaban mal. Muy mal.”
En esa frase, conociéndole a mi abuela, reconozco sus poderes. Ella tiene unos poderes que no sabe controlar y por eso mismo, los demás, a los que ella odia, acaban mal.
Yo desde que me acuerdo de mí, no quiero ir a dormir y no me apetece dormir. Puedo estar despierta hasta muy tarde y levantarme con los gallos. Podría estar despierta para siempre y me pongo nerviosa cuando alguien a mi lado está cansado. Mis padres no soportan esa característica mía, pero mis abuelos me aguantan. Hay días cuando mi abuela y yo preparamos la sopa por la noche o un pudin. Hay días cuando mi abuela y yo somos buenas amigas.
Esa frase que me dijo mi abuela sobre Boki empezó a resonar en mi mente. Empecé a dudar en Boki y en nuestra relación. Mi abuela tiene unas opiniones fuertes sobre la gente y parece saber de qué habla. Ella parece saber ver lo que hay dentro de la gente. Aun así, no creo que Boki sea mala. Más bien, se quiere mucho a sí misma.
Cuando la vi, el día después de su desaparición del lago, estuvo en la esquina de mi casa, mirándome. Yo me encontraba enfrente de mi puerta principal y la estuve observando. Ninguna se movía. Ninguna dijo nada. Ella llevaba un mono rojo con unos lazos azules en los tirantes y el pelo recogido. Yo llevaba mi camiseta favorita de La Sirenita y una falda de tul. En las manos Boki tenía a Babi y Embrujo.
Se acercó a mí.
“Tengo un plan”, le dije.

VII


Ese día fue agotador y pasamos mucho tiempo desarrollando el plan. La idea era escaparnos por la noche, robar unas linternas de mi casa y pasar la noche en el lago, observar las estrellas e intentar comunicarnos con las hadas del lago. Se decía que las hadas del lago solo salían por la noche y que jamás deberías aceptar regalos de ellas porque de esa manera atrapaban a los humanos dentro de su mundo. Boki me dijo además que ellas cantaban muy bajito y que solo la gente especial las podía oír, pero que también te podías volver loco escuchándoles.
Cuando anocheció, les dije a mis padres que iba a dormir en la casa de los abuelos. A mis abuelos les dije que estaba cansada y que quería acostarme antes. Me miraron espantados y mi abuelo me midió la temperatura, pensando que me pasaba algo. Cierto es, me pasaba que la idea sola de encontrarnos en el lago por la noche, me daba miedo. Pero ya no había vuelta atrás. Mis abuelos se durmieron rápidamente, roncando felices después de una cena ligera y un partido de fútbol que vieron en la tele. Me escabullí de la cama, descalza caminé por el pasillo hasta el trastero en la cocina, cogí las dos linternas de un armario que olía a roble y nueces, cogí una manta, me puse las botas para la lluvia y salí por la puerta al jardín, intentando no hacer mucho ruido, aunque daba un poco igual porque mis abuelos estaban muy dormidos.
La puerta de calle se abre con un tornillo y automáticamente se atranca al cerrarla si no se bloquea ese tornillo. Al encontrarme en la calle, ya sabía que no había vuelta atrás ya que no tenía las llaves. También sabía que la Boki me esperaba en la esquina ya que siempre mantenía su palabra. Y así fue. Me la encontré en la esquina, con una mochila rosa con lentejuelas. Igual que yo, llevaba una manta en la la cesta delantera de la bici y unas botas de lluvia. Hacía algo más fresco, la luna daba mucha luz, la luz nocturna de la calle se veía hasta el final de esa calle larga que llevaba hacía el lago. No había nadie en la calle, aunque se oía la gente sentada en sus jardines, bebiendo vino o comiendo con sus familias. Ya no tenía miedo, aunque sabía que mañana me iban a pegar seriamente por esto.
Al llegar cerca del lago, nos dimos cuenta que el lago se oye mucho más por la noche. Había susurros en los arbustos, gatos por todos los lados, gorgoteo, crujidos de las ramas, grillos haciendo su ruido pesado, pájaros moviéndose en los árboles y plantas comunicándose. Se veía bien y la luna era casi llena. No había nubes, pero sí había muchos mosquitos que nos atacaban sin cesar.
Llegamos hasta el centro del lago y dejamos las bicis en el hierba alta al lado de un árbol. Boki extendió la manta en el suelo y sacó un bote vacío con una vela gorda dentro y unas cerillas. Me pareció magnífico la luz de la vela que se mezclaba con la luz blanca de la luna, los sonidos de la noche y el hecho de estar aquí sola con Boki, por la noche, en una aventura totalmente diferente de todo vivido a lo largo de mi vida.
“Crees que vendrán?”, me preguntó.
“Las hadas?”
“Sí.”
“Puede ser”, dije simplemente y miré alrededor. Pensé que podían aparecer en cualquier momento, traernos la miel. Intenté escuchar si se oía el tilín o alguna voz baja. Pero no noté nada fuera de lo que representa la vida abundante de la naturaleza en el lago.
“¿Quieres que nos vayamos a buscarlas?”, me preguntó Boki con una voz llena de emociones.
Me quedé mirándola y sabía bien que no lo podía resistir, que tenía que empujar los límites, tenía que enseñar que era más aventurera que yo. Además, todo esto fue mi idea. Y el colmo de nuestras aventuras. No podía dejarlo así.
“Vete tú a buscarlas”, me oí a mí misma. Dentro de mi ser se derramó algo. Era como un líquido de color azul, espeso y espantoso. Me sentí rígida y sola. Me sentí totalmente fuera de lugar, sabiendo que no había vuelta atrás y que me daba asco a mí misma.
“Vete si quieres”, repetí.
Boki se levantó despacio y se oyó el chirrido de la goma de sus botas frotándose una en la otra. Pareció más alta encima de la vela, con la sombra que le daba la luz de la vela en la cara.
“Claro que voy. Y las voy a encontrar. Me llevo solo la linterna.”
Con mucha certeza recogió la vela y la manta. Se envolvió en la manta y antes de marcharse, me dijo:
“Ten mucho cuidado porque hay algo que no te dije nunca. Las hadas bailan dentro de un círculo de setas por la noche. Si las ves bailando, jamás podrías volver a este mundo. Te atrapan. Además, yo no pienso volver aquí a dormir. Dormiré en el sitio en el que las encuentre.”
Se dio vuelta, encendió la lámpara y se fue. Me quedé en el suelo, con la vela y con la otra lámpara en la mano. El líquido azul goteaba en mi interior. Me di cuenta que no había manera de moverme, me quedé congelada. No tengo la noción cuánto tiempo pasó desde que se fue Boki. Miré hacia la luna y alrededor de mí. Todo que me rodeaba de repente obtuvo un aspecto distinto, como si tuviera una capa de terciopelo por encima. La hojas se hicieron jugosas, notaba el agua y su movimiento, oía el sonido de los peces gordos retorciéndose en la profundidad. Es como si de repente me hice una con el lago, noté las palpitaciones de la tierra y de la noche. No puedo decir si estaba asustada o no, es como si hubiera madurado. Tenía el sentimiento de llegar hasta una profundidad nunca antes vista. Con el reojo me pareció ver luces al lado del árbol donde dejamos las bicis. Eran unas luces poco intensas, pero vibraban. Si intentaba verlas mirando directamente hacia el árbol, desaparecían. Pasé mucho tiempo experimentado con esas luces que vibraban, intentaba verlas mejor, notarlas. En un momento, vi como se acercaba un gato pardo. Iba directamente hacia el árbol, fijándose en las luces y después desapareció detrás o dentro del árbol, no sabría decirlo.
Tengo que admitir que no me preocupaba por Boki. Estuve tan embrujada con las luces que se me olvidó de ella. Decidí gatear y acercarme hasta el árbol. Noté el rocío el las manos y en las rodillas, gateé hasta allí y me paré al ver un círculo debajo del árbol, al lado de un arbusto con un fruto rojo y redondo. De nuevo gateé hasta el bote con la vela, lo cogí y lo llevé hasta el círculo hecho de los pedruscos. Cada pedrusco tenía un agujero redondo y eso me pareció llamador. Puse la vela dentro de ese círculo.
No me acuerdo de nada más de esa noche menos de haber visto muchas luces de muchos colores, pero no sabría decir dónde las vi y si en algún momento me alejé de ese círculo. Eran unas luces intensas, mágicas y llenas.
Me desperté totalmente empapada del rocío mañanero, en el suelo, con una piedra en la mano. Vi que ensucié el pantalón y me acordé que gateé hasta allí. Todavía tenía las rodillas totalmente empapadas y verdes de los jugos de las hierbas. Había dentro de mí un rastro de un conocimiento mágico, algo que no llegaba a comprender, pero sí lo intuía, algo que luego en ningún momento de mi vida me abandonó. Se podría decir que era una materia, una especie de tejido nuevo, incorporado dentro de mi ser de antes. Ese tejido luego me ayudó a notar y sentir gente, situaciones, sueños. Era algo bastante básico, algo que a lo mismo siempre estaba dentro, pero no sabía como darle vida. Me levanté todavía sosteniendo la piedra en la mano y me dirigí hacia la otra orilla. Sabía exactamente por dónde ir aunque no entendía por qué iba por allí. Todavía en ningún momento me acordé de Boki ni pensé en ella. Anduve por el brezal en la otra orilla hasta llegar al borde de una especie de laguna que conocía de antes, pero no solía ir a menudo hasta allí.
Me paré en la tierra todavía firme, pero muy húmeda y barrosa. Encima del agua había una especie de niebla gris que se despejaba poco a poco. Hacía fresco y olía a plantas y agua. No había mosquitos, se oían las ranas y el burbujeo constante del agua.
En una esquina de la laguna primero vi un mechón de pelo largo y luego más a la izquierda, detrás de un junco, a Boki. Flotaba boca abajo con el pelo suelto alrededor de su cuerpo. Se veían sus botines de goma, las manos que se sumergían de vez en cuando debajo del agua. La imagen entera parecía una visión, una fotografía de algún libro antiguo. Parecía bella y eterna, un hada del lago con la luz vibrante. Había un silencio impenetrable encima de su cuerpo.
Han pasado muchos años y muchas mañanas desde entonces. Todos los días cuando me despierto, palpito dentro de mi interior para asegurarme que el tejido se encuentra todavía dentro de mí. La veo flotando enfrente de mí.
 

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